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Full text of "A la orilla de la mar : astracanada veraniega en tres actos, original y en prosa"

% 



Jonouírt García t García r José Trinchant 



23 í 



A LA ORILLA DE LA MAR 



astracanada veraniega en tres actos, 
original y en prosa 




MURCIA 
imp de BUL. JL,IfiJCRAIj 
11)19 



Joaquín García t García y José Trinchant 



A LA ORILLA DE LA MAR 



astracanada veraniega en tres actos, 
original y en prosa 



SL 




M U R C I A 
imp ele B3L LIBERAL 



-7 



Esta obra es propiedad de los Autores y 
nadie podrá, sin su permiso, reimprimirla 
ni representarla en España ni en los países 
con los cuales se hayan, celebrado o se cele- 
bren en adelante tratados internacionales 
de propiedad literaria. 
1 Reservado el derecko de traducción. 

La Soeiedad de Autores Españoles que. 
da encargada de .conceder o negar el per 
miso de representación y del cobro de los 
derechos de propiedad. 

Queda heeho el depósito ^gal. 



REPARTO 



PERSONAJES 



ACTORES 



MARIQUITA (25 años). . . '. .... Luz Indarte 

FILOMENA Berruga (50 años). , . . . Pacheco 

EDUVIGI3 (40 años). < ....:.. 'Sánchez 

ROSITA (30 años) . Menéndez 

FRAOISCA (28 años) Albalat 

CANDIDO Palomo (30 años) ..... AlpuenTE 

R4MON Peregil (27 años) NlCOLAü 

DON LEÓN Berruga (60 años). ... . INBARTE 

PRINCIPE ALCACHOFAKUFF (50 años). Sánchez 

DALMAU Tarrasa (45 años). ..... SANTACANA 

PEPITO Jopo (23 años). ....... Abad 

EL SECRETA RIO, KAKE (35 años). . . Díez 

MÍSTER PLUM (45 años). ..... . . . Novajas 

EL DUEÑO del Hotel (4o años) CoDURAS 

Camarera caballero 

BAÑERO 1.°. . . . . . r , . . . Coduras 

BAÑER02. . . . ... . . . . . Serrano 



La acción en una playa del Norte. — ^ Lugar, el que convenga. 
Época actual. 



Esta obra fué estrenada, con extraordinario éxito, en el Teatro 
Ortiz, la aoche del 30 de Mayo de. 1919. 



ACTO PR1/1ERO 



DECORACIÓN- —Terraaa de un Hotel do 1. a clase, con vistas al mar. Al 
fondo,una balaustrada de columnas y telón marino. Lateral izquier- 
da (del actor), fachada del Hotel, con una pequeña escalinata y puer- 
ta practicable Lateral derecha, arbolado, billones de mimbre, me- 
sita de café, sillas de mimbre, etc.. Todo con gusto. — Es la mañana 
de un día de Julio. La escena está desierta. Un mozo cruza el esce- 
nario con dos maletas y penetra en el Hotel. Le sigue CANDIDO; 
hombre de unos 30 años, alegre, bien vestido; lleva un impor- 
meable que dejará sobre ura silla y que recogerá después al mar- 
charse. Admirará el paisaje. ' , 

CÁNDIDO. —Gracia» al Todopodeiofü y «1 exjrreí y* me encuen- 
tro alr jado de aquel Jtf&di id veiínifgo ex n id* ciu» 
cmnts y tanto» grade* íotre cero tan )rreBÍ»tiblrs. 
Eite e» un lugar adorable y tranquilo done 7 * hr de 
poieer la paz gue ntemita mi ripíritu. Aquí me 
dedícate al cultivo di rrr inteligencia,- a JahrlJ» 
producción literaria. ¡Al», Cándido Palomo, ha» caí- 
do en un nido de heÚtzs* l (Sale Dutño del Hotel, 
Hombre feo y algo joiobado.) (¡Dirrfrio y qué 
tío más feo!) 

dueño. —Caballero... 

Cándido. — Señor mío... 

dueño. — ¿E» V. el aeñor que acaba de llegar? El dueño de las 
maletas, ¿no es «so? 

Cándido. —Eso es. 

dueño. -^¡Ay, cuánto lo siento, caballero! ¡No tengo un 
cuarto!... 

Cándido. — ¡Rapaaeta! ¿Qué lioaV ¡ hitnbre ? 



DUEÑO. 



CANDIDO. 
DUEÑO. 

CÁNDIDO. 
DUEÑO. 



CANDIDO, 
DUEÑO. 



CANDIDO. 

DUEÑO. 

CÁNDIDO. 



RAMÓN. ■ 

CÁNDIDO. 
RAMÓN 

CÁNDIDO. 



UAMON. — 



CANDIDO. 
RAMÓN. 
CÁNDIDO. 
RAMÓN. 



— Bn este momento tengo todo el Hotel completo. 
Mas no te apare: para el tren de las doce se desocu- 
pará un cuarto y podrá meterse en él. 

— (Respiro.) Perfectamente. 

— Mientras tanto puede, si gaita, pasar al cuarto de 
baño para asearse. 

— Una pregunta: ¿es V. el encargado? 

— ¡Oh,. por Dios, no señor! Soy el dueño. Hace ya 20 
años que me establecí. Aquí concurre lo más «chic» 
del turismo, ¡ Ah! En mi cesa — suya desde este ins- 
tante — encontrará un trato esmeradísimo. ¿Las co- 
midas? Sabrosísimas. ¿Ei confort? Riquísimo. Y es- 
to hace que aqmí no venga más que gente... 

— Riquísima, ¿rerdaó? Bueno, pues me alegro tantí- 
simo. 

— Precisamente, señor. Mi nombre ei muy conocido 
y mi crédito tiene puerta abieita... (Invitándole a 
entrar.) Pero, ¿no pasa usted? * 

— Adelante. ;. órde puedo lavarnu? 

—En el baño... Sígame, por aquí. (Mutis por el hotel.) 

— Ya me iba jon bando cite hotelero. Vfemc s a lavar- 
nos y a escribir ceapnís a mi mujer, que aguard; rá 
impaciente mi carta. 

—{Sale 2.® término derecha). ¡Chiat! ¡Chist! ¡Avecilla, 
Avecilhi ¿Pero Lombre, estás sorde? 

— Eb, ¿quién? 

— Perdona V., me he confundido. Ore/ que era mi 
amigo den Cándido Avecilla... 

— C mo si lo faera. Dfsde ©ate momento ¿uente uited 
con m : ' amistad. Mas tenga en cuenta que ti su ami- 
go es Cándido, Cándido soy yo también; pero Pa- 
lomo, no A/ecilla. 

Pnes tanto guato y correspondo con su fineza. Es 
que a mi amigo le estoy esperando. Puede que arri- 
be de un día a otro, y como el tren ha poco que ba 
llegado... 

Precisamente; ©n ese tren he venido yo, 
Da Madrid, quizá. ¿Y viene V. solo? 
Si, 8Ȗor. Wngo da la Cjrte y con dos maletas... 
También soy yo da allá; hac*5 unos quince días que 
estoy aquí. 



— 9 — 

candido. — ¡Admirable! ¿Sabe usted que esto es muy deliciólo? 

ramón. — Una maravilla. Olaro que esto no ei ningún San Se- 
bastián, ni el Sardinero siquiera. Pero siempre la 
estación de verano en las playas es una delicia. 

candido. — Y lo podemos decir; que estamos en la estación... 

ramón. — ¡De las delicias!, 

candido. — iQso es. ¡Qaó lugar más admirable! 

ramón. — ¡Qaé mar! ¡Qué cielo! 

candido. — Ata, »í. Mar y Oielo. Ya lo dijo Guimerá... 

ramón. — Yo frecuento esta playa desde hace tres años, y 1*9 
hago una propaganda extraordinaria. Además, en 
este balneario hay combinaciones estupendas. 

ramón, — Ah, ¿sí? 

candido — De primera. 

dueño. — Vienen unas chicas preciosas y tusas viuiitas jóve- 
ñas con capital, que aporrea**. En seguida que baga 
amistad cbn alguna, proyecte un viaje, una excur- 
sión férrea por ios alrededores; toman Vdee. un co- 
che... 

cÁNDiDi. — ¡De primera! 

ramón —Eso es, y a correr, Sr. Palomo. ¿Usted es juerguista? 

cándidO. — Toda mi vida. 

ramón. — Pues lo va a pasar aquí de rechupete; ¿Ve V. toAb 
este ámbito? Hágase cuenta que es el Paraíso. 

Cándido. — ¿Oon sus Adanes y todo? 

ramón. — Ajajá. Saldremos en balandros. 

Cándido. — Balandrearemos 

ramón. — Nos bsñaremoi? 

candido. — Gol forme. 

ramón. *— ¿¥sted nada? 

candido. —¡Nada! 

ramón. — Pues el corcho será con V... No le molesto más. 

candido. — ¿Molestarme? ¡Nunca! 

ramón. — Pero qué casualidad; confundirle a V. con Avecilla , 
siendo V. Pichón, 

candido. — ¡No, no! Pa-lo-mo. 

ramón. — Usted perdone; pero es que de Pichan a Palomo.,. 

candido. —Va la lactancia. Tome mi tarjeta. 

ramón. — Ahí va lamia, 

candido. — Ramón Peregil de Aragón. 

ramón. —Gandido Palomo de OorraL 

- 8 - 



— 10 



Cándido. — Pues hasta 1» viste, Señor Peregr*. (Mutis al Setel) 
RAMÓN. — Hást» despuó«, Señor Palomo. ¡Hombre! Ahí viese 

mi dama r?e pnocb«. Y ^mo ll«marla? Si no lo *é. 

¿Será Lola? ¿Será Juaüt? ¡Ah, «i fuera Juana! Mi 

fiama Juana... Ya sale. ¿Y cómo la prologueo? 

Aprovecharé este, ambiente tan marino para sen 

firme Oa'^erón de la Bate**..,. 
maría. — (Sale del Hotel) (Mi pretendiente de anoche). ¡Ay!..; 
ramón. — ¿A dónde» va mi F " : rena? 
MARÍ*. — ¡Virgen Sant»! ¿Usted aquí? 
ramón. — Sí, señorita; aqaí estoy desde anoche... 
María — ¿Desde anoch' aquí? 
RAMÓN. — Sí, señorita. (Nada, yo me arranco. Pecho al agua, 

Ramón,) ¿Por qué tiene V. esa cara de serafín? 
MARÍA. — ¡A.yjDio* mío^Qa" tengo yo cara de Serafín? Qaba- 

ballero V. me confunde. 
ramón. — ¿Por qué vino V. al mundo con esa brUeza tan ten- 
tadora? ¡Qué cara rrá* soberbia tiene V.! 
MARÍA — (Me lo ha convido.) ¡Yo! 

ramón. —Sí, señorita. ¿Qniere V. decir/ns de dónde v'ene? 
maría. —(Que curioso.) ¿No lo ha visto V.? Pues, del Hotel. 
ramón. — Usted me engaña, señorita. Usted viese del huertí . 

Sí; esa cara es la misma del Ángel de la Oración. 
maría. — (Ay, cof'o me gusta esto.) El V. muy irreverente. 
ramón. — ¿Quiere V. deeirme cuál es su nombra para que yo 

lo esculpe en mi imaginación y cante sus bellezas 

en octavas r sales? 
maría. — (María, has dado con tus sueños. Tienes de l#, nte a 

un búcaro con un olor a poesía que marea.) ¿Y para 

qué quiere usted saber el santo de mi nombre? 
ramón. — Para la octava. 
maría —Ño se impaciente; ya se lo diré. 
haMON. — No, ahora; lo exige mi pasión. 
maría. — No sea V. pesado. 
ramón. — Ds nreciso, mi sol. 
maría. — Mi fa.. mi familia, que viene. Yo me llamo María 

^e la O Berruga del Palmar. ¿Y y.? ¡Pronto! 
ramón. — Ya decía yo q«e su nombre sería uní golosina. 

MARÍA. — ¿ftóno? 

ramón. — ¿María de la O? ¡Oh! \V)\ Dulce nombrn d* Marín! 
(Mnfrega la tarjeta a María que le dio Cándido./ 



— 11 — 

maría. — -¡Adiós, márchese! "¡Que no noi vean! (Leyendo Ut 
tarjeta, que guardará en el peeho.) (¡Gandido 
Palomo!) ¡Adiós, que e» V. mi sombre! 

ramón. . —Y V. mi tul. 

María. — ¡Ande, pronto, márchese, que viene mi mamá! 

ramón. — Ay, Mariquita ¡que hermosa ©res! (Váse segundo 
término izquierda.) 

maria. —Pues, señor, me parece que a este Palomo, con mi 
garbo y con mi gracia, le he atontado. ¡Ay, Gandi- 
do, Gandidito! ¡Qué bonito el el nombre! 

filomena — (Sale del Hotel.) Pero hijita, ¿a dónde has ido? 

maria — Os estaba aguardando aquí. 

filomena — Y nosotros recorriendo el Hotel. Tú padre viene 
como para pisarle un juanete. Ya sabes lo impa- 
ciente que es. 

maria. — Mamá, ¿y qué falta bacía ahora sacar el juanete? 
¡Siempre tan proiáica! 

filomena — Déjate ahcra de lirismo! y tema la ropa del baño. 

maria. — Tiae, msicá. 

llon. — (Dentro.) ¡Maldita se e! E*tá V. diipeniedc, lum- 
bre; ptru ts pxeciso tere bien tener cjf s> en les pies. 
¡Hum! (Sale D. León del Hotel) 
filomena — ¿Qué tt ocDrie? ¿Qué te he pasado? 
león. — Mtói , ¡osa tcnteiia! Que nn cemereio me ha da3o 
un piten en el mis mitin) o jüfcntte; ¡si te parece! 
¡Recontrafuettc! ¡Si e toco me accidento! 

maria. — (Y dale con el juanete.) 

filomena — (Nos hemos caido.^ 

león. —¡Rayos y centellee!. .. ¡Qué caler! ¡Esto es inaguanta- 
ble! He bebido un puco de agua y ¿ve»? mi ca beca 
partee nn eurtioor. ¡Qué destynnt, cieloi! He pe- 
dido Chocolate y roe han lerviuo una disolución de 
belladona. 

filomena — Haber pedido cacao. 

león — Gacso, cacao. ¡Es lo que me faltaba!... 

filomena — Pero hombre, jquó es lo que tíenei? 

león. — Tengo... ¡tengu un humor de dos mil Mefístófelet! 
¿Te parece la horita del bañe? Las ocho y media. 

filomena— ¿Es tarde? 

león, — ¡Tardísimo! ¡Y que tenga que aguantar esto un co- 
ronel! 



— 12 — 

María. — Papá, si ©• la hora oficial. 

león. — ¿Oficial? ¡Déjate de oficíales ahora! 

filomena — Todo puede arreglarse. Mañana te bañas tú tem- 
prano, y nosotras lo haremos después. 

maria. —¡Eso "es! Ya sabes que en el Balneario, los pollos 
han tomado la hors de mi baño como la oficial. Así 
lo dicen todos: ¿es ya la hora del baño de María? 

león — Por lo visto queréis qne yo tenga que desplomar a 

algún pollo. 

maria. — ¿Por qué dices eso, papá? 

león. — Porque yó no quiero que ningún «vivo» a mi hija 
la enseñe a hacer el muerto, ¡ea! 

filomena — Gomo si oso tuviera algo de particular. 

león. — ¡Vaya si tiene! 

maria. — Pues yo quiero aprender a nadar. 

león — Pues aprendes con calabazas. 

maria. —Pero papá, si lo que a mi me hace falta es que me 
entrenen.... 

león. — ¿Que te entrenen? ¡Calabazas he dicho! 

filomena — ¡Jesús qué genio! 

maria. — (¿Y mi Cándido? ¡Ay, Palomo mío, me temo un de- 
- «aguisado con el genio de mi padre!) 

león. —Vamos, vamos, que aquí hace un calor insoportable. 
¡Yo me derrito! (Vánse los tres por la derecha) 

Candido. — (Sale del hotel) Bueno; invado y desayunado. Aho- 
ra a escribir a Francisca. ¡Pobrecilla! Estará con mi 
padres hecha una pastora. Menos mal que nuestra 
separación será cosa de quince días. ¡Camarera! 

Camarera — (Sale del hotel) ¿Qué desea el señor? 

candido. — Déme V. un recado... 

camarera— ¿Cómo? 

candido. — Becado de escribir. 

camarera — Al instante. ( Váseal hotel) 

candido. — Ya comienzan a ensanchárseme ios pulmones con 
este ambiente tan yodaSo. 
(Eduvigis y Rosita salen del hotel) 
bduviois. — Sí, Rosita, tomaremos en esta terraza el desayuno. 
rosita. — Aquí hace muoho más agradable. 
candido. — Ya está aquí la chica, ¡gracias a Dios! 
camarera— Aquí tiene, señor, el reoado. ¿Desea algo máif 

CANftiD*. — Nada, gracias. 



— is — - m ;,. 

rosita. — ¡Oiga! Tráiganos aquí el cafó. 

CAMARERA— ¿Solo? 

rosita. — A mí con leche. 

eduvigís —A mi con leche y media. 

camarera — En seguida, señoritas. (Váse al hotel) 

candido. — «Mi queridísima mujercita Francisca»... 

eduvigís. — Oye, ¿no te has fijado en ese caballero? 

rosita. — No le con« zoo. Deba h»b@r llegado acta mañana. 

eduvigís. — ¿Será algún nuevo veíaneanta? 
. rosita. — Ualle, no sea que nos oiga. Vaelva la hoja. 

candido. —(Vuélvela hoja del papel que escribe) (Hombre, 
¿dos señoras? Si las viera ei conocido de esta ma- 
ñana.) 

eduvigís — Es distinguido el joven, ¿verdad, Rosita? 

rosita. — Síjesovso. 

eduvigís. — Y es joven y apuesto. 

candido — «Apuesto esposa mía, qué estarás desconsolada lin 
mí»... 

mozo. — El desayuno, señoritas. 

eduvigís. —Está bien. Vamos a desayunar. 

pepito. — (Viene de la derecha, segundo término) Buenos, 

días, amigas queridas. 
.eduvigís— Querido Pepito...* 

rosita — ¿De vuelta del baño? 

pepito — No; hoy todavía no me he acercado a la playa. Iré 
más tarde, cuando ustedes vayan... 

Eduvigís. — En suanto haga la digestión del desayuno, cuente 
usted queme zambullo entre las oías. 

pepito — ¡Hola, hola! Bueno/Y vad? noticias. ¿Igr oran usté" 
des les nuevos aconte cimientos que se avecinen es 
este delicioso retiro? 

rosita. — ¿Acontecimientos en el Retiro? 

eduvigís —¿Qué es ello? Sepamos - 

pepito. — Pues dentro de oaas horas, quizá antes, se crdeará 
entre nosotros un grande hombre. 

ebuvigis. —¿Algún Goliart? ¡Díganos! 

pepito. — El miembro de ana familia real de Siaacria, del rei- 
no de Polonia: 'el Príncipe Ernesto Alcachófale uff 
de ©uisanteberg! 

Eduvious. —Me deja usted estática. 



— u 



ROSITA. 

EDUVIGIS. 

PEPITO. 

ROSITA. 

CÁNDIDO. 

PEPITO. 

CÁNDIDO 

PEPITO. 

EDUVIGIS. 

ROSITA. 

FEPITO 

CÁNDIDO. 
ROSITA. 

Y 
EDUVIGIS. 

CÁNDIDO. 

PEPITO. 



EDUVIGIS. 
PEPITO. 

EDUVIGIS. 
ROSÍTA. 
EDUVIGIS. 
CÁNDIDO. 

ROSITA. 
PEPITO. 



EDUVIGIS. 



CANDIDO. 
EDUVIGIS. 



—¡Y a mí asombrada! ¿El Príncipe de G-uisantabfcrg? 

¡Había que ver! 
—¿Y AlcachofakuffP 
— Como suena. 

— ¿No será una broma cta usted? 
—¿Cómo se pronunciará «Escacharrongüe?» 
—¡Gomo suena! - 

— ¡Gracias! 
—Ahora mismo he visto al Secretan* del Príncipe 

que llega con el equipaje. Pero... 
— ¿Qné? 

— Hay que guardar mucha reierva. El Príneipe está 

amenazado áe muerte. 
— ¡Hatchist!... 



¡¡Jesús!! 



— ¡Graciat! (Pero qué geate más atenta) 

— He sabido por ei jefe superior de policía que no 
tardará en llegar, con objeto de do quitarle ojo al 
Prineípe, el ya célebre y diogéoico detective inglée 
Mister Pium. 

— Entonces... 

— Hf y que andar con pies de plomo, porque si se 
presentara aquí el anarquista y ¡zas!... 

— ¡Por el Hacedor! ¡Cállete, por Dios, Pepito! 

— ¿Sí que e* una noticia. 

—Que nos ha caído como una bomba. 

— (Hombre, si viniera el amigo de esta mañana le in- 
vitaría a un verme nbt.) 

■— Ea, yo me voy a mi cuarto. fVáse al hotel.) 

— ¡Adiós, Roiitfc! Y no tenga usted miedo. Ya sabe 
que soy aficionado a lo nickarteresoo y yo seria 
un gran elemento de ayuda al gran Plum. (Vate 
por el hotel.) 

— Adíis, Pepito. !Yaya Un veraneo que se nos pre- 
senta! ¡Un Príneipe! ¡Un anarquista!... ¡Dios! ¿Será 
este aígán...? 

— (Anda, ¿pues no se me tima de un rasde destarado?) 

— (Ay, que me mira.) 



15 — 



CANDIDO. 

EDUVIGIS. 

CÁNDIDO. 

EDÜVIGIS. 
CÁNDIDO- 



RAMÓN. 



PEPITO. 

CÁNDIDO. 



DALMAU. 



DUEÑO 
DALMAU. 

DUEÑO. 

SALMAD. 

DUEÑO 

BALMAÍÍ. 



— (Oon razón decía PeregiS, que hay aquí cada cosa...) 

—(Y t s ©1 caso que se suelen presentar mmy bien 
vestidlos.) 

— (No es mala mujer... ¡Lástima que esté t»n metida 
«n carnes!) 

— (¡Gomo ras mira! Yo me marcho.) (Váse al hotel.) 

— (G«a señora m« está dicíeodo con el ojo qua la siga. 
Pues Ir sigo. ¡$sto sí que es llegar y besar el s«n- 
to!.) (Váse al Hotel.) 

--(Sale segundo término izquierda.) 

«Erro María Beíiupa, una delicia; 
eres mi sol y dicha soberana. 
He de admirar tu cuerpo esta mañana 
sobre las verdes aguas de la mar,..» 
¡Hombre! Estas aguas no me sí ntan bien. Pondré 
olas.^Ole! Así estará mejor y fomo suele decirse: 
me qn^do entre dos agua». En fin, yo se las mando 
así. (Mutis por la derecha) 

— (Sale del Hotel.) Vamos al balo y al mismo tiempo 
ingpscciorfvrfjmos. (Váse por la derecha.) 

—(Sale del Hotel.) ¡Caramba y qué coqueta es esa 
mujer! Me hace señas para que la siga, y luego me 
da oon la puerta en las narices. Adelante. Vf»ré si en 
cnentro algún sitio que sea de mi agrado* ¡Hombre, 
el amigo Peregil conversar do oon uña bañista! Me 
acercaré a ellos. (Váse por la defecha.) 

— (Por la derecha,primer término. )\Mo%o\ ¡Eh,rooso.' 
¿Pero es que aauí no hay mosos? ¡Esto no snoed* 
en Bargelon»! An Barseíona se dan don palmadas j 
se presentan sinco sientes mosos. ¡Qué barbaritat! 
¡Mosooo! 

— (Saliendo del Hotel.) ¿Qué desea el señor? 

—Una habitatió para el ©quipacbe y para mí ¿Com- 
prende, noy? 

—Pues no va a sel 

— ¿Per qué? 

—Porque no hay habitaciones disponibles ea este 
momento. 

¡Válgame Oambó! Pues yo tengo neoesHat á« que- 
aarme an este Hotel, s'^a éomo sea, ¿iab*f dormité 
•n el pasillo, no pase pena, ¿sabe? (¿Mas estaré 



16 



UALMAU. 
DUEÑO. 

DALMAU. 

DUEÑO. 

DALMAU. 



MASÍA. 



ROilTA. 
MARÍA. 
JtOSfTA. 
MABIA. 

motiTA. 



MAMA. 

■oStfTA. 



equivocado?) Ascolfce, meso, ¿aqueite Hotel, no es 
el más aristoeratit de la costa? 

— ¡Sí; señor! 

— ¡Pues, a toda costa, no tin mes remei que quedarme 
aquí! 

— Bien. Tenga la bondad de pasar y veremos de arre- 
glarlo. Déme V. el maletín. ' 

— No, grasies; yo lo llevaré. 

— ¿Para qué molestarse el señor? 

— Me psreis que voy a molestarme eomo insista. Es- 
ta prenda tiene que ir conmigo, ¿sabe? ¡Vamos, fí- 
quese dins! (Ambos al Hotel.) • 

— (Por la derecha, segundo término.) «Qusridísima 
Süfide: Es V. una indina. ¿Oomo? Ab, sí, ondina; 
he leído mal. Es V. una ondina que ha lleva- 
do mi eorazón al suplicio. Me regocijo en pensar 
que mis palabras le produzcan emcc : ón; que sus- 
pirando, su pecho se conmueva, ¡&y, sí, tome Y. a 
pecho mi epístola, que más tarde, tete « tete, le daré 
esplice cienes acabadas de mi pasión hacia V.! No 
he olvidado la octava. Ahí va y Y. perdone. 
«Eres María Berrnga, una delicia; 
eres mi sol y dicha soberana. 
He de admirar tu cuerpo esta mañana 
sobre las verdes aguas de la mar.» 
domo ve, no me ha salido la dotara ofrecíd»; me he 
quedrdo en tina cuarta, porque la poesía me hace 
ludsr el quilo. Hasta luego, sultana mía. La quiere 
mucho, su esclavo.» Descuida que esta siesta cuan- 
do apriete el calor, tu amor te escribirá dulces pa- 
labras. 

— (Sale del hotel.) ¡Hola, querida! ¿Vamos a la playa? 

— Vengo de ella.. Voy por los ilustrados. 

— ¿Solamente por los ilustradot? 

— ¡Olaro! 

—¡No está claro! EJsta mañana te he visto cruzar unes 
palabras con ese chico que veranea aquí. Te vi des- 
de mi ventana. 

—¿Y dices que yo cruzaba? 

—No; que estabas paradita y muy interesadita. 

—Pues, si; ja qué negarle? 



— 1? 



rosita. — ¡Ah!... 

María. — Qambiábamo s nuestro*, nombres. 
rosita. — ¡Ah! ¿Sabes cómo se Mama? 

maria- — Sí, y escucha. Es el símbolo de la poesía, el com- 
plemento de la candidez; como yo soñaba. Se llama 
Cándido Palomo dé Corral. 
rosita. — Qaé nombre más tierno. 
María. — Créeme: desde que lo he conocido, hablado y ama - 

do, deseo ser, de ese Palomo, so Berruga. 
rqsíta. — Pero, ¿y tus padres? ' 
María. —Lo ignoran tode. 
rosita. — Ya me lo figuro. Además, tu padre ya verás cómo 

le ha de poner peros a ese pollo d Corral. 
mabía. — Excuso decirte. Mi padre se ha empeñado en casar» 

me con el hijo de un rico hacendado de Moats- 

pintado. 
rosita. — ¿Montepintado? 
maria — Sí.- En la finca de Montepintado esiste una higuera 

que es antiquísima; por eso la hacienda es «onecida 

por ia de la higuera. 
rosita. — Pero el hijo de ese hacendede, ¿ts quiere? 
maria ' — Dieta que me adore. Pero sí yo me casara con él, 

*etí& un fastidio. 
rosita. —¿Porqué? 

María. —Porque tendría que paisa* me la vida en la higuera. 
rosita. —¿Y sí tu padre empeña en ese monte su deseo? 
María —Ya ves qué contrariedad sa me avecina. 
rosita. — Y no cabe duda que tu padre D. León, cerno es tan 

fiera... 
maria. —¡Ya lo sé! 
rosita. —En el momento que sepa que Palomo revolotea por 

tus alrededores... 
maria. — Ay... ¡lo despluma! ¡Bonito es mi padre! Pero yo no 

he de ceder. Yo me caso con Paterno aunque me 

hagan pepitoria. ¡Ay, Cándido, Can elido mió! 
rosita. — (¡Jesús, y qué niña más tonta!) Bien, pues hasta 

luego. 
maria — Adiós, Rosita: nos veremos en el paseo y te presen- 
taré a mi ©andido. 
rosita. -^-Ttsnflró macl o guste. Adié».. (Tifa* por la derecha 

segundo término). 

- 3- 



Jtó 



CANDIDO 



MARÍA 



EDUVIQIS. 

MARÍA.. 

EDUVIGIS. 

CANDIDO. 



EDUVIGIS, 
PEPI'BO. 

PLUM. 



KAKE. 
PLUM. 



KAKE. 
PLUM. 



PEPITO. 
PLUM. 



.--.(Sale por la derecha, primer término.) (N»da, ¡que 

no ve© a Perejil por ninguna pacte! T e§o ^u© es 

hombre Perejil qa«s siempre está donde guisan... 

¡La chica que hablaba con si conocido!) 

— (Si mi padre se durmiera bajo la sombrilla, pi dría 

* escribir a mi Oásidido. Vay & inientadu.) (Váse al 
hotel cr usándose con la de Gutiérrez que sale del 
mismo.) 

— ¡Adióf , Mariquita! 

—¡Adiós, adiós! (Mutis.) 

— (Caramba, mi desconocido perseguidor y enigmáti- 
co de esta mañana.) 

— (¡Atiza! La jamona ae antes; U do ks guiños. Pues 
no te hago caso.) (Mutis por la izquierda, segundo 
término.) 

-«Menos mal que atiera... (Mutis por la derecha se- 
gundo término.) 

—Pepito, Müster Plum y Kahe por la derecha, pri- 
mer término.) No hay cuidado Mister Pium; en 
Bita tranquila playa no puede ocurrir nada de ex- 
traño. Pero si sucediere algo, aquí me tiene usted 
para todo género de investigaciones. 

— Bien, joven, muchas .gracia*. Mi misión r qui© 
re soledad y tranquilidad. Yo no pierdo las es* 
peranzas de ganar las b ¿tallas. Yo tengo que ha- 
cerlo todo con la soledad y acariciado por la espe- 
ranza. 

— Entonces lo mejor será dejarle a V. con la soledad. 

— Hombre, ¿solo? Vara V.: necesito al au&ilío de al- 
guien a distancia. Detesto las cooperaciones de 
guardas. Guando estoy en ei campo, sobran los 
guardas. Y con objeto de comenzar mis trabajos, 
buede, si gusta, marchar a esperar al Príncipe, que 
•no debe tardar. 

— De acuerdo. 

— !Ah! Y no digan a naiie que soy yo: porque yo, no 
soy yo^soy otro. (Mutis Kakep0r la derecha "pri 
mer término). 
— Comprendido. (Yo digo a todo ei mondo que coo- 
pero con este hombre tan cé ebre). 

—Friolero conviene enterarse de las personas que 



PEPITO. ' 
PLUM - 

PEPITO. 

PLUM- 

CAMARBRA- 

PLUM. 

CAMARERA- 

PLUM 

CAMARERA- 

PLUM- 



CAMARERA- 

PLUM 

CAMARERA- 

PLUM. 
CAMARERA- 

PLUM. 
CAMARERA- 



PLUM. 
CAMARERA- 
PLUM 
'CAMARERA- 

PLUM. 



bo hospe an rnei Hotel. May que desconfiar. Y 

astea, ¿eémo re apellida? 
-Me Hamo Pepe Jopo. 
-Pues... Jopo, aarigo Pape; haga ei favor de llamar a 

ana camarera. 

-!Qb seguida; (Muda por el hotel). 
-Oom^nzar^mos por aquí. 
-(Sale del hotel). ¿Ha llamada el señorito? 
-¿Ignorarás quién soy? 
-¡Gá, noieñor! 

-¿Cómo? ..'.•;.; ! . 

-Me lo ha dicho el señor Jepo cuando meha llamado. 
-Ah, ¿si? (A ese Jopo le voy a poner los pelos áe 

punta). Dígame, ¿cuántos viajeros han llegado esta 



-Dor, señor Plum. 

-¡Sus señas! 

-Uno da ellos llámase D. Oándi lo Palomo; vienei de 
Mtódrid y parece una buena persona. 

-Bien. ¡El otro! 

•Es el señor ©almau Tarrasa; asa bigotes grande»; 
su mirada es torva... 

-¿Es torva su mirada? ¡Adelante! 

-Lo a que sí extrañé «n el señor ©almau es que 
siempre lleva consigo un maletín, que no abandona 
nunca, y cuando lo coje, dice: «toda precaución es 
poca». 

-¡Bíantre! ¿Y en dónde está ese hombre? 

-Lavándose. 

-Basta. Márchese y gracias. 

-¡Ya lo sabe! Ornando vea a un hombre con mn male- 
tín... ( Váse por el hotel). 

-¡Ni media palabra más! {Pausa). ¿A ver? Me parece 
que la amenaza al Principa Alcaehofakuff, dé Hui- 
santebssrg no es ona lenteja. Veamos. Decía el gran 
Nic K«rter, mi querido compañero, qne entre los 
anarquistas es costumbre usar los bigotes largos o 
luengas barbas,^ porque es indicio da ser hombre 
de pelo en pecho o con toda la barba. ¡Qué dato este! 
¡©ato y muy importante! Y si no abandona nanea 
el maletín y dice a menudo «toda precaución es 



2# 



poca», bien pudiera nme que en él guardara algún 
eaplosívo. ¡lüa posible! Deduciremos policíacamen- 
te: el del maletín no ha llegado aquí en «1 e&prós, 
'. , y sí mal tarde, an el correo, para mezclarse entre 
\ los viajaros de otras clases. ¡Plum, no cabe dada! 

Esí anarquista ©a de los d • primera! Sigamos a ese 
hambre. (Mutis al hotel). 

príncipe — (Príncipe y Kake salen por la derecha, primer 
término). Este es el Hotel, ¿verdad? 

kake. — Sí, Alteas. 

príncipe. — Suprime honores y dime coáles son mis habitaeio- 
nsf. Ab; pregunta si hay -'fruta. Ya sabes que ps 
mi debilidad. Lai peras de agua sobre todo. La be- 
ca se ms hace una balsa adío en recordarlas! - 

kake. —Si las hubiere, ¿se las traen aquí? 

príncipe. — No; las peras al cuarto. .> 

kakb. — Bien, señor; pues cuando gustéis... 

príncipe — Ve tupr.mero; qubro admirar un poco este pano- 
rama, que observo es muy delicioso. 

kake. — ¿No desea conocer sus habitaciones? 

príncipe. — Sí, desde luego; pero luego. 

kake. — El caso es, señor, que... 

príncipe. —¿Qué? .< 

kake — No sé si debo abandonaros;.. 

príncipe. —¿Y por qué? 

kake. — Señor todo se lo hemos callado. Hoy debo deoirle 
que... 

príncipe. —¿Quieres acabar de una vez? 

kake. —Pues que antes de salir de Sinacria, el detective 
Míster Plum descubrid un complot que amenazaba 
de muerte vaewtra vida real. Es 3eoir, que vuestra 
real vida está en peligro. 

príncipe. — ¡Reper»! Eso qus me dices...! ¡Hs que mi cabeza...! 

kake. — Es un polvorín, Alteza. 

pbtncipe. —Pues a eate Príncipe no le da la gana, no le da la 
real gana de morir de un bombazo. Recoge ©tra 
vez nuestro» bártulos y huyamos de aquí, Kake. 

kake — No tsmái*; estamos entra buenas gentes y nos acom- 

paña también el gran Plnm. 

príncipe — Pero es preciso callar; que nadie sep»; que todo el 
mundo ignore. ¡Que vaga ese Plum en seguida! - 



21 



KAKE. 
PLUM. 

PRÍNCIPE. — 



PLUM. 

PBÍNCIPK. 

PLUM. 

PBÍnCIPE. 

PLUM. 

KATCB. 

PLUM. 

PRÍNCIPE. 

PLUM. 

PRINCIPE. 

PLUM. 

PBÍWCIPE. 
PLUM. 

PBÍWCIPE. 

PLUM. 



PRINCIPE. 

PLUM. , 
PRINCIPE. 



KAKE 
PRÍNCIPE 



KAKE. 
PLUM 



Ya éitá aquí. 

(Sale per el hetel). Alteaa, lo he oído todo; y eae 

miedo que pose^i»,.. 

¿Miedo yo? A mi no me conoces tú. (Es preciso no 

demostrar pánico.) Yo no tengo miedo a nada. Ola» 

ro que mi vida es preciosa. Pero mira, descúbreme 

al criminal y verás cómo corro... 
—¿Señor? 

—Tras él, a desafiarle. Por algo soy de sangre azul. 
— Ah, ¿-negó deseáis conocer...? 
— A mi adversario. 
— Pues ya le tengo. 
—¿Es pbaible? 

-E.s anarquista feroz, fiera como ninguna,. 
—¡¡¡Acaba!!! 

— ¡Está aquí! ¡Os acecha! 
—Pero, ¿qué dices? 
— No hay cuidado; a ese hombre que os acecha, le 

acecho yo desde hace unos instantes. 
— ¿Y piensa estar aquí mucho tiempo? 
— El suficiente para convertiros en harina lacteada, 

si encuentra ocasión. 
— ¡Caramba! Pue si tu crees en eso de la Harina la«- 

Íeada y m&M vale qns me vaya a Alhama. 
— Es infantil el que penséis en eso. Id tranquilo al 

Hotel, Alteza, que yo ve'aró por vos hasta tanto 

pueda hacer que se arrodille a vuestros fies ese 

émulo de Babtehol. 
— Gracias, PJum; pundonoroso Plum. Apuntaré tu 

obra con letras a la vista, de oro, en mi archivó real 
— ¡Oh, gracias, Alteza, gracias! 
—Sí, como dices, llegas a salvarme la vida, por es® 

servicio te daré un real... nombramiento en mi se- 
cretaría particular 
—(Demonio, mi destino lo veo en la papelera.) 
— Ya estoy tranquilo; nos endulzaremos la vida. Oye 

Kake, dama unos dulces de esa cajita; una yema, 

para mi y otra para el señor 
—Tomad. 
— (Ha ciado en la yema el Príncipe, pues es lo que 

más me gusta.) 



~r — . _ 22 — 

PRÍNCIPE. — Las yema*, son mi debilidad y para ia debilidad. 
Prueba na a de ella*. 

plum. +— ¡Oh, no, graoiac! 

príncipe. — ¡Vamos, pruébala»! 

plum. — ¡Ob, señor! 

pbíncipe. — Vamos, témala. ¡Gata, Plum! 

plum. — Si o» empeñáis, (*■■:. 

príncipe. —Son exquisitas. 

plum. —Son muy ricas. 

prínc pe. —Hasta luego. Nos veremos a menudo. Gomeras con- 
migo. No qui«ro que te separes de mí. 

plum. — ¡Oh, su Alteza me honra! 

príncipe. —Y tú me guardas... 

plum. — ¡Señor!... 

príncipe. — Muchas consideraciones qué no me convienen para 
no descubrir mi personalidad. Es preéiso que- aef s 
más familiar coamigo. Gonque, Plum, Kake, hasta 
la vista, Estoy muy contento. ( Vase al Hotel segui- 
do de Kake.) ' 

plum. — Plum, como consigas ganarte la confianza de este 
Alcachofakuff, a Nir-Karter !e estoy viendo vender 
chuletas de hurta toda la vida. (Mutis por el hotel 4 

maría. — (Sale del Hotel) Ya. esté. Llamare* Aquí viere una 
camarera. Oiga, tomo esta carta y entregúesela a 
don Gandido Palomo; pero cuidado. (Váse por la 
derecha t segundo término.) 

Camarera— (Ya comienza o *as aventuras.) 

Cándido. — (Sale del Hotel) ¿Halsrá llegado el Gorreo? Dígame 
uite^, ¿hay a*go para don Gandido Palomo? 

camarera — Si, señor, dei interior. Ahora mismo acaban de en- 
tregarme esta carta para usted. 

candido. —¿A ver? 

camarera — Tome usted. (Mutis al hotel.) 

candido, — ¿IPna sarta para raí?(l>e) cAraor mío: Me has em- 
belesado de tal manera, que cual alondra hipnotiza- 
da por los reflejes brillantes de los espejuelos, a ti 
1 voy como el río va al mar; únicamente seré tuya. 

Temo a mi padre. No puedo ser más larga; ya lo se- 
ré otro día, y te escribiré* largo y tendido. Mi pa- 
dre fiera; mi madre víetima. Te adoro. Mos veremos 
«nos instante*. Ay, ven y v n oom sigilo. Adiós. 



• — 23 — 

TaM. B.». ¡Qué impulsiva! Nada; esta debe ser la 
de ios guiños. ¡Qué demonio, no es gran^ cosa! Pero 
para pasar el. rato, está bien. Son I as once; tomare- 
mos el yermoufch. 

filomena —(Salen per la derecha Filomena, Gutiérrez, María 
y don León.) ¡Qué oleaje más perezoso! ¡La mar, 
cuánto me gusta! ¿Y a u*ted? 

EDUVIGIS. — ¡Lámar! 

Candido. —(¡Anda, mi torpedeada!) 

EDUVIGIS. —(Nada; ese hombre latía tomado conmigo.) 

LEÓN. — ¿No habrá periódicos todavía? 

maría. — No, papá. (¿En donde está mi Cándido? ¿Le habrán 
entregado mi carta?) 

león —¡Oh, como me aburro! No hago masque dormir. 
Sy&toy hecho un lirón. ¡Valiente veranito! 

fu omena — Siempre te estás quejando/ ¡Ay, qué hombre! 

león. — Vsya, déjame en pae. / 

ramón. — (Sale por la derecha 2.° término) (Ella.) (Viendo 
a María.) . ! 

maría. — (iEH) (Mirando a Ramón). 

Cándido —(Hombre, mi amigo.) ¡Eh, Peregii! V&ngñ acá. 

ramón. — }Híí1* amigo mío! (Se sienta en la mesa de Can" 
dido.) 

candido — Siéntese a tornar una oervez», hombre. 

ramón. — ¿Qaé, lo pasa usted bien? 

Cándido. — ¡Encantado! ¡Ya tengo una aventura! 

ramón. — ¿No se lo d^cía a usted? 

Cándido. — Y usted, ¿ramo anda con la suya? 

RAMÓN. I — ¡Supeí! ¿Y qniéo es ese martirio? 

CÁNDIDO. —Aquella. 

ramón — (Valor ee accésits). Sí, la que habla con 1» mía. 

pepito. — (Sale del Hotel y va al grupo de don León.) ¿Qué 
cómo andamos? 

león. — Muy mal. ¡Estos juanetes! ¡Uff, qué calor! 

edüvigis. — Diga, Pepito, ¿ha llegado ya el Príncipe? 

filomena — Hombre, sí, díganos usted algo. 

pepito. —Ya está entr© nosotros. No tardará en salir. 

makia. — (Oómo me arroba con so mirada). 

plüm. —(Sale del Motel.) (Todavía no he dado coa ó¡) ¡Jopo, 
Jope! 

pepito. — P-»rd--in*n ustedes. Esta señor es el detective Tlxiw, 



*4 



PLUM. 

PEPITO- - 
PS.UM. 

PEPITO. - 
PLUM. . " 
PEPITO. " 
P1TJM. 

PEPITO. t 
PLTJM. 
PEPITO. - 

EDUVIGI». - 
TODOS' 
PEPITO. - 
CANDIDO. ' 
R AMON. 
M ARÍA. - 
^ILOMENA 
PjBPITO. 
EDÜVIGIS. 
PEPITO. • 
CÁNDIDO. - 
EDÜVIGIS. 
LEÓN. 
TODOS. 
PEPITO. - 

PLÜM. 



PEPITO. — 



LEÓN 

plum; 



RAMÓN. 
CÁNDIDO. 

DA1MAU. 



«1 célebre hombre. Ya ven ustedes cémo me lUma. 
-¿No ha visto usted a tijs hombre con un maletín? 
-lío, tenor. 
-Es precito vigilarle. 

—Vigilaré. \ 

-Ese hombre es el anarquista en cuestión. 
-¿Ah, si? 

-Sí; pero no hay que demostrarlo. 
-Bien, bien. 

-Y ahora separémonos. (Siéntase en otra mesiia.) 
-(Vuelve al grugo de don Lean.) ¡Ah, es colosal! ¡Ya 

ha descubierto al criminal! ¡Piramidal! ¡Fenomenal! 
-¿Pero hay criminal? 
-¡¡Criminal!! 
-Y está en el Hotel 
—Esta carta que he recibido. 
—¿Hombre, a ver? ¡Muy bien! 
—(Ya tiene mi carta.) 
— ¿Oon un maletín? 

— Ea donde suponemos que lleva la bomba. 
—¿Y a nosotros, no nos ocurrirá nada? 
— ¡Estando aquí mister Pium y yo, nada! 
—¡Cómo s« m@ tima! 

—Nada, es® hombre no cesa de hacerme señar. 
—Hombre, preséntenos usted a ese Plum. 
—Eso, sí, que nos lo presente. 
—No sé si querrá; pero vOy a intentarle. ¿Q nisiera 

usted hacer el favor de venir oon nosotros? 
—Oon mucho guste. (Este estúpido m© está descu- 

bri&náo.) (Va con Pepito al grupo de loe señoras 

y de don León). 

Tengo ni gusto de presentar a ustedes al nunca 

bien ponderado genio de la policía particular, el 

gran Mister Plum. 

¿Y es un hecho todos los temores que se sienten? 

¡Ah, bien *eguro! Pero no hay que tener miedo. 

Esos valientes cuando se ven delante de mi, se ate* 

morizan. 

•Podemos corrernos a la mesa de al lado. 

Gomo usted quiera. (Así lo hacen,.) 

-(Sah del hotel con su maletín. Se sienta al lado 



MARÍA. , 

RAMÓN. 

MARÍA. 

RAMÓN. 

MARÍA 

FILOMENA 

DALMAU. , - 

CAMARERA- 
DALMAU - 

CamArera- 

DALMAÜ. - 
FLUM, 



DALMAU. 



de una mesa Becelosó mirará á todas partes , Ma 
ría y Ramón se arrullan. D León se habrá dar 
mido.) ¡T >cía pr^c&aúó e» pooe! (Refiérese al male 
Un) ¡Na me fio de nadie! 
¡Sí, te ador^, Cándido mí» ! 
¿De veras? (¿Por qué me Uamará candido?) 
S*amos pru Jentes; mi padre puede despertar. 
¿Y dioei que tiene mal genit? 
D j doi mil diablos. No me hables de cío ahora. 
Dígame (a Pepito) ¿y coáado vamos a oonooer a 
eie Príncipe? 

(¿Eh? ¿Un Príncipe aquí? ¡Mejor! Eeto aumentará 
mi negoiio.) ¡Mo«o! ¡Óamare ra! 
■(¡El anarquista!) ¿Qué... desea... usted? 
■Oiga, miri, ¿e« cierto que hay un Príncipe entre 
nosoíroi? 

(¿Qaó la digo yo a eite fiera?) No; si, no... ¡Voy, se- 
ñ r, voy! (Váse por el hotel). , "' ' 

¡Habrá estúpiv ! Ot tn n-hté ia tarea. Voy a diri- 
girme a est^s teñorei. / 
¡Sí, es eae! Paro disimulemos; para nosotros no hay 
peligro. Este hombre sólo busca al Príncipe. (Go- 
mo este tío abra el maletín, me río yo del terremo* 
to de la Martinica.) 

Señoret..'. (Al abrir el maletín todos salen corrien- 
do de escena, por la derecha, menos Pepito que 
habrá quedado escondido.) ¡Pero qué gente más 
imbésil! ¿Qaó tés pssará? Pa*s yo les sigo. (Váse 
tras ellos). 

(Sale de su escondite.) ¡D°momc! Esto se pone 
f»o. Y el crio * » qu Pium está corriendo todavía... 
Ese hombre ha visto fracasado su intento, porp 
volverá. Pepe, prevee al Príncipe, ¡Ah! Aquí 



viene. 



¿En 



príncipe. —(Sale por el hotel acompañado de Káke.) 
donde estará Pium? 
¡Señor! ~ 

¿Qaién? (La noticia da mi sentencia me tiene* cnn 
vertido en San Vito.) Qaé quiere usted hombre? 
No tema ustsd de mí; soy su amigo, o como si dije 
ramos, su póliza de seguro» 

- -Si- 



pepito, 
príncipe 

PEPITO. 



26 — 



príncipe. — No le conozco b¿eu. 

pepito. —Señor, no haca muchas matantes «o ha intentado 

cometer un atentado. 
príncipe. — ¿A mí? : 
pepito, i — A. todoi. Qn'zá, creyendo el terrible Orsini que ui- 

ted estaba aqní. 
príncipe. —¿Pero no lo labe, eh? 
pepito —Todavía do; pero íe aconsejo a su real alteza que 

ha guarde. ¡Guárdele! 
Kake — ¡Puea al que Ja coaa está que arde! 

PRÍNCIPE. —Bueno; pero rígame... 
pepito — ¡-Guárdela! (Mutis por el hotel.) 
PhÍncipe. — ¿Oye*, has oído? 
kake — Sí, guárdele. 

príncipe — Pero, ¿dónde catará P»"um? Mira vamos a buicarle. 
Un Príncipe no dsb® ocultar nada a au secretario, y 
créeme, fiel amigo, eitoy en este momcnt > mái ner - 
yioso que una moto cic'eta. 
kake — Y y<\ (Mutis ambos derecha.) 

ramón. — (Sale por la derecha, rápidamente) Seguramente 
me ha viato au p¡»dr<», y con lo fi^ra que ei don Leo ! 
(Mutis hotel) 

león. — (Salen don León, María, Rosita y Filomena por 
la derecha, 2.° término) ¡Descero igual! ¡Besar- e an- 
te mil baibsi ! 

María. — Yo te juro... creí... pensó... que... 

león — ¡Basar a mi hija, » un» B rruga de mi familia! ¡Y él! 
¿Quén 'el é¡? Ha escapado ain verle yo la cara. ¡Di- 
me quién ei él para que yo pueda saciar mi cólera; 
para quedarme con algo suyo. 

bosita. — (¡Qaó ladrón!) 

filomena — Vamos, León, calma tus ímpetni; deten tu fiereza. 

rosita. — Sí, don León, un beao no es mal que una" demostra- 
ción carinóle... 

león. — ¡Oáll se uited, Ros'U! No rae haga consideraciones 
ahora. Soy de hierro". ¿Dime, cómo le llama ese 
hombre? ¡Dímelo! 

maria. —¡Jamás! Le am , le idolatro. ¡Soy saya! La, perte- 
nezco deide anoche. 

IION. — ¿Qné dices? ¿Qus le ¿e^ten^ce»? ... , 

filomena — Por Dioi Mariquita, aclara eioi concepto!. 



Ti 



león. — Aparta, hija maldita, hija eipúcea, malhaya seas, 

¡Vete...! ¡Vete! 
filomena — ¡Hija, hija mía, ven... ven conmigo! 
maria. — (¡Ah! Gandido, por qué trances tan ; qninineiCGS mr 

hace paiar tn amor.) (Vánse al hotel.) 
león — He de matarle. 
rosita. — Vamoi don León, escúchf me uited a mí. Lo hecho 

por Mariano tien4 iríáa explicación que un mo- 
mento pasional, de desvarío. Eilá ama a Cándido y 
r Cándido ama a María.. Se casarán y asunto con 

clnido. 
L'oN . —-¿Se llama Cándido? 
rosita. — Sí, Cándido Palomo. 
león. — ¿Con que Palomc? 

plum — (Sale rápido por la derecha.) (Aun me dora él tus 

:' to.) (Mutis por el hotel) 

(Don León hace manifestaciones de nerviosa ex 

citación) 
rosita —Yo dejo a cate hombre. Está cómo k ce. (Mutis al 

hotel) 
LF.QN. — ¿Qaión será ese Palomo? ¿Ese ave? ¡María! ¡Hija 

mía, me la han tusado! - . . 
prínc ps. — (Sale por la derecha el Principe, corriendo.) 

¡Piuro! ¡Pluro! 
león. — ¡Bepistola! 
príncipe — ¡Plum, Plum! Nada, que no me haca caso. (Mutis al 

/hotel.) 
león — ¡Ah, si viera yo a ese sinv? rgüenza d«s Palomo! ¡M* 

'o comr! 
candido — (Sale por la derecha.) Habo dispersión general. 
LEÓN — ¿Quién será ese Cándido Palomo? 

candido. — ¡Caray! ¿Y quién me nombra a mí? 
leon.« > —¿Usted conoce a don Cándido Palomo? 
Cándido. —¡Claro! Como que soy yo. 
lech. — ¡Ah, pillo, tunante; defiéndale nsted! (Comienza a 

darle golpes. Cándido escapa por el hotel.) A < »- 

te Palomo yo lo empepitorio! 
dalmaü. —(Sale por la derecha ) ¡O&ballero!... 
león. — ¡Eí anarquista! (Mutis al hotel.) 
dalmaü. — ¿P^r qoé rae huyo l «* g^i. 01? 
TELÓN RÁPIDO 



ACTO SEGUNDO 



DECORACIÓN. — «Hall» de hotel. Foro, galería de cristales. Laterales, 
1.°, 2.° y 3.° "términos, ambos lados Puertas habitaciones, números 
1,2, 3, izquierda y 4, 6, 6, derecha (las del'actor). Mesa con perió- 
dicos. Sillas, sillones de mimbre, butacas, etc. Acción, al siguiente 
día del i. oto anterior. 

Rosita está en escena leyendo. Cándido aparece 

en la puerta del cuarto número 5, con un pañuelo 

en la cara. 
CÁNDIDO. — Señorita, bueno* días. 
ROSITA. — Buenrs h s tenga usted. 
CANDIDO. — (Sino atuviera por *hí mi verdugo, mi mtmpo- 

ireadoi, »aldiía; pero... ¿y n me acecha? No; «era 

mejor llamar al criado.) 
eosita. — (¡Demonio! ¿Qaé h*rá «n la pu« rta rae hombre? Pa 

rece un paloin no atentad .) 
CÁNDIDO» —(Y le peor es qae dentro de Ja habitación hace un 

calor que derrite.) 
ROSITA. — (Yo voy a hablarle.) Batas camareras...; seguramente 

habrá usted pedido agua caliente hace un poco y... 
CÁNDIDO. — Si, señora; eso e», sí; h> pedido que me calienten el 

agua, y por lo v¿sto no i a calientan... 
rosita. — No me extraña; ayer a mí... 
CÁNDIDO. —¡Ayer!... Ayer si me calentaron... el agua; pero sin 

que yo lo pidiera, que es lo más chute. 
ROSITA. —Éso ocurre jorque falta el camarero del año pasa- 
do. ¡Qué servicial! Daba el golpe. 



*- so 



CANDIDO. 

ROSITA. 

CANDIDO. 

ROSITA- 
CÁNDIDO. 



ROSITA 
CANDIDO. 



ROSITA 
CÁNDIDO. 



ROSITA- 

CÁNDIDO 
ROSITA 

CÁNDIDO 
ROSITA; 



CANDIDO 

ROSITA. 

CÁNDIDO, 



ROSITA. 

CÁNDIDO. 

ROSITA. 

CÁNDIDO. 

BOSITA - 

CÁNDIDO. 

a o sí a. 



¿Daba el golpe?... ¡Áy, señorita, ese camarero uta 
aquí! 

¡Oá! Si le conozco yo, y este año no lo he viito. Pe- 
ro, ¿el que e»tá usted enfermo? 
Tanto como enfermo, diré a usted. Es que mi cara 
mitad... 

¿Su teñora, acaio? 

Qaa mi cara mitad, como usted ve, ha sido vícti- 
ma de un fuerte tropiezo, habiendo tomado parte 
haita lai muelai del juicio. 
¿Algún disgusto? 

Qoiá, eeñorita... ¡Es que lai muelai del juicio le 
me juerguean de vez en cuándo, y ahora están de 
mírame y no me toque s. 
■Ah, ya, vamos; tina inflimación. 
■S , cao es. (¡Oanastoi! Si yo preguntara a esta por 
el paradero de es 4 ) bárbaro, quizá pudi> ra decirme.) 
¿Sa lució* mucho el pasto de ayer tarde? 
¡Quite usted, por Dio»! No paseó ni un guardia. 
¿Acaso no está usted enterado de nada? 
De nada. 

¿No sabe usted lo del Príncipe, el anarquista, el 
detective? 

¡Va...! ¿Alguna película policíaca? 
¡Nada üe películai! Un asarquiita que se encuentra 
. a este mismo hotel, persiguiendo al Príncipe de 
Guisanteberg con int&nción dY tirarle una bomba 
inotma. 

¿Entonces las carreras de ayer mañana...? 
üxaetc; eso fué. 

¿Me tomaría a mí ese animal por el nihilista? Por- 
que el puñetazo gue me dio fué de muchos HH. PP. 
y con la mar de voltios. 
Y luego el segundo acontecimiento. 
¿Hubo más? 

Pero ¿de veras no está usted enterado de nada? 
■Le juro a usted que no. 
Pues si hubo cada golpe... 

¿Hubo golpes...? Parece que tengo una leve noticia. 
Imagínese usted que la familia del 3 es de lo más 
original que exir te; la muchacha se ha enamorado 



— 31 — 

de un veraneante de aquí, y el padre ie lo ha olido. 
CÁNDIDO. — (Entonces el que me dsó el bofetón el el padre de 

la jamona que guiña.) ¿Qné m« dice usted? 
ROSIGA. — Lo que ustsrl oye. .El señur don León ha jurado ma- 
tar al novio ú no se casa son su hija antei de vein- 
- tícuatro horas. 
CÁNDIDO. — Y ella, ¿qué d'"ce? 
rosita —Ella quiere a toda costa casarse con el hombre en 

cuestión. 
CÁNDIDO. — Lis hay terriblemente impresionables, ¿verdad? 
rosita — Y ella mucho más. 
Candido. — jVays, vaya! 
ROSITA. — Mire, aquí sale. 
CÁNDIDO. — ¿Quién? 
rosita — El padre de la que... 
CÁNDIDO, -(ffil que me... d* la que...) Pues abasta luego, ¿eh? 

hasta lu'go. (Vase al cuarto núm. 5.) 
ROSITA — Pues sí q-Decrrrn. 
] eon. —(Sale del 3.) ¡Hola! ¿B»tA usted aquí? 
Rosita — Sí; h ía lo* p<¡ rió Jico». ¿Y Msriquith? 
león. — No rae» hable usted d*» e«» h ; ja; ¡la detíst ! 
ROSITA. — Pero todavía sigue usted en ese tono dw disgusto. 
león — Y seguiré basta tanto no vea limpia la honra de los 

B«rrupas. Ya lo tengo decidí l o. 
ROSITA. — ¿Odmt ? 

leov. — ¿Ve usted, este arma? (Mostrando un revólver.) 
rosita — (Eite la arm«»)¡iDoii LnónÜ .. 

LEÓN. — Poes ten prcnto vta a ese besucón sinvergüenza, 
que ya le conozco, y ya me conoce tsmb'ón, le ro- 
garé, Je pediré, le lloraré, y si se me niega, le ma- 
taré. (Mutis por el foro) 
ROSITA. — ¡Pues *í que mté, 1» cota bu p ns! 
eduvigis. — (Sale del cuarto número 2) Buenos días, Rosita. 
ROSITA. — ¡Hola, mi buena anvg» ! 
eduvigis, — ¡Qué calor! ¿Eh? 
rosita — ¡Insoportable! Gomo qu» estoy haciendo tiempo 

para que se sombree un ¡joco la terraza. 
eduvigis. — ¿Qué hay de nuevo? 
rosita. — Muchas y graves cesa?. 
eduvigis. —¿Nuevos sobresaltos? 
rosita —Sí, hija, sí. Ahora un crimen. 



32 — 



— ¡Qae ha habido an crimen? 
— Qae podrá haberlo ti yo no lo evito. 
— ¡ Aíi! Pues evítalo en seguida. 

— Ésa espero si pa *do h?bl*c o m el aeñor Palomo an- 
tas qae se tropiece con el aeñor Berraga. 
— ¿Oaál el su caerte? 

— Aqae', el 6. 

— Paes yo le llamaría. '■ 
— N« ea hora. No estará visible... 
— ¿Ys?rá don León capaz de llegar al crimen? 
—Y al aaeainato. ¡ ffiee hombre ea ana crónica de soce- 

«oa cuando ae le van loa estribe». 
— ¡Ay, ay, ay! Rosita, yo me voy a escape de aquí 
corno no varíen las coaar. T »ato » >br-talto, ¿para 
qué? ¡Ay, y qus nervioaa me pongo! ¿Pero y 10 del 
Príncipe? 

— hita e« otra cue«tíóa más grave. ' , 
— ¡Nada! Qae yo m» voy, p*ro qo» ♦ nseguida. 

(Sale Mamón del 6 ) 

— \tira u*ted, eén s ñor qu* sate, t * "1 novio de Ma- 
rquta y el futuro blanco da don L ido. 

— ¡Qaó lástima, morir tan joven! 
— Yo le hablo ahora mismo; es precito evitar ana dea- 
gracia. 

— Mny buenos días, «ñoras. ¿8a h\ d«scansa^o? 
— Muy biett.¿Yu»iMl, h» decantarlo? 
—Así, así, Los pic&ío» mosquita» nu me dejan ^ue 

descanae en paz. 

— ¿Daacanae en paz? Ay, ño diga n ted eso, que me 
impresiono. ¡Caballero, lo sábeme todo! 

— Ah, ¿ti? bueno. 

—Usted, va a ser la cansa da un saicHjo, el de la se- 
ñorita del 3. 

— ¡GÓmo! ¿La del 3 trata de sai ci darse? Paei a «vitar- 
lo corriendo! 

—No corra ahora, qaa ya t* n irá tiempo. Eia señorita 
se mata por astad. 

—¿Pero qué le habré yo dado a esa mujer? 

— Un baso, ayer, en la playa, aprovechando el tu 
multo del atentado al Príncjp ». 
RAMÓN. — ¡Oaray! (Están enterabas.) 



EDÜVIGIS. 
ROSIT\. 
EDÜVIGIS. 
ROSITA 

EDÜVIGIS. 

ROSIT ^. 

EDÜVIGIS. 

ROSITA 

EDÜVIGIS. 

ROSITA. 

EDUVIOIS. 



ROSITA 

EDÜVIGIS. 

KOSITA. 

EDÜVIGIS. 
ROSITA 

RAMÓN. 
EDÜVIGIS. 
, RAMÓN 

ROSIT i 

RAMÓN. 
ROSITA- 

RAMÓN. 

ROSITA. 

RAMÓN. 
ROSITA 



, , / ^ 88 ^ 

edwvigis. -— ¡Ah, sí tiited supiera lo que le va a costar ese bato!,. 

rosita. —¡Si mitad supiera loque éa esta crítico momento 
la codea! '¡ .. ■ } 

ramón. —Paro ustedes que «en muy buenas no dirán nada, 
toda vez que nadie ae ha enterado, salvo uitedai. 

edüvigis. —Oon que nadie ¿sh? ¿Oree usted que nadie? 

ramón. — Nadie. 

rosiga. — El padre no ignora nada. 

edüvigis. —La malra tampoco. 

ramón. —¡Mi abuela! ¿Que ei padre?... ¿La medrt?... ¿Lo la 
han 'todo?... 

edüvigis. — No ignoran nada. 

RAMÓN —¡Qué gente más culta! ¿Pero me quieren ustedes 
aclarar?... ¡Caramba, que estoy para congestionarme! 

rosita , — Pues ponga usted oídos, Gandido amigo. 

ramón. — (¡Qaó confianzas! ¡Me llama candido!) 

edüvigis. —Atiéndanos usted. 

rosita -Tratamos de evitan una desgracia y un luto. 

ramón. — Yo también evitaré... 

rosita. — W padre da María lleva un revólver para usted, 

ramón. — ¿Para mi? Si ya no uio armas.* 

edüvigis. —Mará, Rosa, las noticias, como los vuelcos, de gol- 
pe. Señor nuestro, su futaro suegro guiare matar 
a usted si no se casa con su hija. 

rosita. — H<vy besos qa<? matan, amigmto 

edüvigis — A mi ma paraca que lo mejor que úited puede ha- 
cer es hablar con don Lsón, pedirle 1» mano.,. 

eamoN.: — ¿Para qua me santigua oon ella? 

rosita. — Pedirle la mano de na hija María para casaría antes 
da veinticuatro horas, y verá como todo se arregla. 

k/vmon. — Qafóa, ¿yo hablar con ese felino? ¡Jamás! 

rosita. — Repare usted que ei padre, que está ofendido su 
honor. 

edüvigis. — Yad má* le oonocn a usted perfectamente, 

ramón. — ¡Oaramba! Paro si lleva un arma para matarme, ¿có- 
mo quieren ustedes* que le pida la mano?... ' 

r®sita. ■— Éicóndasa o mar cheíe. 

kduvigis, —Va usted a morir » manos de León. (Vánse ambas 
por el foro.) 

RAMÓN. —Vaya un veranito que se me ha presentí :o. ¡Ramón, 
toma aventuras, anda! 

'■■•/-h - 



_ 34 — 



CANDIDO 



RAMÓN. 
CÁNDIDO. 

RAMÓN. 

CÁNDIDO 
RAMÓN. 

CÁNDIDO. 

RAMÓN. 

CÁNDIDO 

RAMÓN. 

CÁNDIDO. 

RAMÓN- 
CÁNDIDO 

RAMÓN. 

CÁNDIDO. 

RAMÓN. 

CÁNDIDO. 
PRÍNCIPE. 



DALMAÜ. 
PRÍNCIPE. 

BALMAü. 



— (Sale Cándido del 5.) He oido datrás de la puerta, 
de labio* de eie animal de León, mi sentencia de 
muerte y todo porque esa dama con tu guiñol me 
está haciendo la leña del treí constantemente y ei 
padre me quiere dar un tute, cuando yo juego lim- 
pio. ¡A eie hombre yo le arrastro! ¿Pero y li me fa- 
lla mi intento?... Ettoy que no sé a qué carta que- 
darme... ¡Decidido!... En cuanto que le vea, le can- 
to lai cuarenta y tuiti contenti. 

— Hombre, mi amigo. ¿Qaó tai, señor Palomo? 

— Medio muerto... de calor. ¿Y usted, cómo ya con 
su tormento? 

— Muerto también... de amor. ¿Con que un flemonci- 
to?¿Eh? 

— Sí, capricho! de la naturaleza. 

— (Es preciso que este ignore en el aprieto en que me 
encuentro.) 

— (Conviene que no adivine lo del trompazo.) 

—¿No va usted a la playa? 

— (¡Cualquiera sale!) Estoy cansado de ayer. ¿Y usted 
noiale? 

—(Sí, sí; para salidas eitoy.) Pues, tampoco. Estoy 
haciendo mi testamento. Hay que ser previsor. 

— ¡Vaya, vaya! ¿Verdad que se pasa aquí la vida muy 
bien? 

— Sí, sí. No se pasa mal. ¡Qué mar, qué cielo! 

—¡Qué estación de las delicias! ¿Eh? ¿Cómo andan 
eiai aventuras? 

— Buenai, gracias (Bienaventurados los que padecen 
persecución.) ¿Y usted como va con su tormento? 

— ¿Yo? Atormentado. Hinchado, digo, henchido de 
amor. (Uno que tose por dentro.) (¿Será él?) 

— (¿Será él?) Bueno, amigo Cándido, hasta luego. 
(Mutis al cuarto núm. 6.) 

— Sí, sí, hasta luego. (Mutis al número 5.) 

— (Asoma la cabeza por su cuarto núm. 4.) ¿Se pue- 
de vivir? En el cuarto hace un calor como para de- 
rretir cañones. Si yo conociera al criminal... 

-r(Sale Éalmau del 1 ) ¡Moso! ¡Eh! ¡Moso! 

— (fiste huésped, debe ser nuevo.) Buenoi dial, tenor. 

— Bon mati tíngui. ¡Camarera! ¡Moiooooo! 



35 



príncipe -r-(¡Ay!, parece catalán, veremos.) ¡Diguili qui vingoí 

balmau. —¿Volitó ©* catatán? 

principe —No, ieñor. Moscovita. 

dalmau. —Por el asiento, orei... (¿Qaíóa será este moscovita?) 

príncipe. — (¿Quién será este payée?) 

daj mau —(Yola interrogo; parees del séquito del desconocí 
tfo Príncipe.,) 

plum. —(Sale Plum por el foro.) BUói do» justos, la fiera 
y su víctáms. ¿Gomo evitar al atentado? Si yo pu- 
diera... 

dalmau. — Señor, ¿vosté me contestará a una pregunta? 

príncipe. —Usted oirá. 

dalmau. —Llevo aquí doi día». 

príncipe. —Yo también. 

dalmau. — Mi vinguda tiene por objeto el ponerme al habla 
con una persona que tengo anotada. Por más que 
indago, pregunto y requiero no puedo dar con el 
hombre qu© hosco. Por lo qus observo ¿vosté se 
e>xtranch»»ro? 

príncipe. — Ya dije qu® moscovita. 

©almau. —(Este debe sez del séquito.) 

príncipe. -~ (¡Qaó qaerrá este tío!) 

plum: — (¡Quiere asegurarlo bies!) 

dai mau -—Pufes yo busco a on Príncipí. 

príncipe. — ¡Ah! ¿Sí? Pues... con permiso... 

dalmau — Oiga, haga el favor de esperar, escolte, mire. 

príncipe — No puedo, imposible. 

dalmau. — Pero, hombre, tinga un xíe mes de vergoña... 

príncipe. — (Me parece que me ha ofendido. ¿Será este el finar... 
quista...?) ¿Qué me quiere usted decit? 

plum. — (Haré ruido para ahuyentarlo.) 

dalmau. — ¿Me hase usted el favo* de desarme cuál et el cuarto 
del Príncipe? , 

príncipe. — (¡Ah, qné idea má« iahliiñs!) ¡DI Príncipe está aquí. 

plum. —(Sa va a descubrir.) 

da mau. —¿Dónde? 

principe. —Aquí... 

plum. —(Caray ¡qué valor!) 

pníncipf!. — El Príncipe es ese mñm, (Váse cuarto núm. 4 ) 

plum. — (¡Biantreí) 

balmau — ; Alteza, mira j! (Intenta abrir el maletín.) « 



Plum. — ¡No! ¡No lo abra usted! 

9AIUAV. — Ek necesario... 

plüm. —No le moleste... 

ualmau. —No tengo más remedio... 

plum. —No puedo detenerme. 

•almau — Aguarde, alteza, seré ligero... 

plum. —(¿Ligero? ¡Maldita sea tu estampa! {Tase foro,) 

dalmau. — ¡Alteza, Príncipe! Yo te lai coloco. (\áse foro.) 

düiño. — (Salen Francisca y Dueño por él foro) Por aquí, 
señora, por aquí. Ahora me hará el favor de esperar 
na momento; preguntaré al encargado por el cuar- 
to de su señor espoio. 

francisca— No lo olvide, Gandido Palomo, ¿eh? 

dueño. — Si, comprendido. Aguarde unos instantes. (Váse.) 

francisca — ¡Qué sorpresa se va a llevar mi Gandido, porque él 
no me «apera! ¿Habré hecho mal con no haberle 
avisado? La sorpresa liempre es más agradable... 
¿Y si le descubriera algún secretillo?... Por más qus 
Gandido... ¡Jamás! No me ia pega... estoy segurísi- 
ma.., es un ángel mi Gandido. 

eduvigis. —(Eduvigis p*r el foro.) ¡Qué miro! ¡Francisca! 

FBANCISOA— ¡Bduvigts! 

eduvigis. — ¡Tú por aquí, después de cinco años que no nos ha- 
bíamos víito! 

francisca— ¡Qué grata casualidad! 

eduvigis. — Siéntate. Supe que te casaste; cuéntame... 

francisca — Hace año y medio. 

eduvigis. —¿Y los papas? 

francisca — Pues en la finca. Veraneando están allá, y yo con 
ellos; pero me aburría y dije a mis padree: me voy 
a dar una sorpresa a mi marido; tomé el tren y aquí 
me tienes. 

eduvigis. —Pero, cómo, ¿tu marido está aquí? 

francisca —Si, en este hotel, desde hace días. Y tu; ¿10 estái 
aquí también? 

eduvigis. —Si, también. 

francisca. — Entonces le conocerás; entre compañeros de hotel.. 

eduvigis. — Puede... quizá... ¿cómo se llama? 

faamcisca — Mi maridó se llama Gandido Palomo de Oorral. 

eduvigis. —¿Gomo dices? 

w&axomqa. — Gandido Palomo de (Srrra 1 . 



edüvigis. —¡Gandido! ¡Ay, ay! ¡Pobre Francisca! 

francisca — ¿Qué me quieres decir? 

edüvigis. — ¡Pobre amiga mía! 

francisca — Pero... ¿qué pasa? ¿Tú le «conoces? 

edüvigis. — Le conocemos todos, 

fkancisca — Entonces... 

edüvigis. — Ta marido ei un sinvergüenza. 

francisca— ¡¡Edüvigis!! • 

edüvigis. —Escacha y note accidentes, Francisca. 

francisca — ¡Áy, Dios mío! Me tienes en ascuas. 

edüvigis. —Tu marido, aprovechando su soltería temporal ha 
enamorado a una criatura inocente y... 

francisca. — ¡Qué mo dices! 

edüvigis. — ¡La ha besado! 

francisca. — ¡Palomo, besado! ¡Ah, bandido, mónstroo, bigamo 
¡Ay, ay, ay, que me dá; que me dá... 

EDqviGis. — ¿Que te dá? ¡ Ay! ¡Qae le dá! ¡Que le dá! 

francisca — Ni?; no me dá... 

edüvigis —Vamos, gracias a Dios. 

francisca — No me da la gana de vivir con ese hombre. Gracias 
a tí, que me has enterado quién es ese malvado, ese 
Cándido, cuyo nombre es un equívoco. 

edüvigis. — ¡Pobre francisca! Resígnate, y no safras. 

francisca — Dime, pronto ¿S onde habita mi maldito marido? 

edüvigis. —No debes verle a¡ ora; estás apasionada, nervios» 
Ven a mí cuarto y luego podrás vengarte a tns an- 
cha*. No conviene que ahora te vea. 

francisca —Me iré contigo; pero cuando le eche la vista encima.,. 

edüvigis — Entra, engañada mujer, entra en ese enasto, y es 
pera. 

francisca— ¡Ay de mí! (Edüvigis acompaña a Francisca al 
duarto nüm. 2, y ésta entra sola). 

edüvigis. — Hay que prevenir de lo qae pasa a esa desgraciada 
-Mariquita; porque, ¿cómo diablos se va a casar con 
él ai está casado? 
i (Filomena y María salen del cuarto núm. 3.) 

filomena — ¡Sal, hija, sai! Aprovechemos de que el bárbaro de 
tu padre no está aquí, y así podremos respirar el 
aire. ¡Qaé calor hace en el cuarto! 

María. —¡Qué fastidio! ¡Yo me ahogo! , 

edüvigis. —¡Galle, las de Barruga! (¡Qué ¡cot'fliotol) 



— 38 — 

filomena — ¡Oh, Ipuena y compaaiva amigo! 

María- -Qaerida señora, Dio* la guarde. 

edüvigis — (jOómo empezar!) ¿Qué, como van eioi ánimo»? 

filomena — Desanimados.* 

María. — ¿Por qué, mamaita? El amor ei así. Me cafaré con 
Cándido y todo habrá terminado. Lae furia* de 
papá se trocarán por iae ternuras de buen abacio, 
y ya verás cuando le cargue a cneatas a iui niete- 
cito», haciendo de borriquillo. 

filomena ---dalle, hija, calle; que el borriquillo lo estamo» ha* 

i ciando todo» en eate momento. 

edüvigis. —(¡Y e»o que no «abe aún lo que ae le» avecina!) 

maria —¿Verdad, buena amiga, que tengo razón? 

edüvigis — (Ea, aquí no hay máa remedio que hablar claro y 
pronto.) Amiga» mía», no crean ustedes que »e han 
acabado la» deadioha». 

filomena — ¿Por qué dice u»ted eao? 

maria. — ¿A qué le refiere? 

<eduvigis. —Lo que uatedes oyen, resignación Mariquita; Filo- 
mena, paciencia. ¿Tú ama» a Palomo? 

maria — ¿domo que si le amo? ¡Le idolatro! 

filomena —¿Qué ocurre, Eduvigia de mi alma? 

edüvigis. — ¿Don León pretende que dándido le case contigo 
antes de 24 horae?... 

maria. — dlaro, a»í todo queda terminado. 

edüvigis. —¡Eso <is imposible! 

maria. —¿Qué? 

FILOMENA —¿domo? 

edüvigis —Lo dicho. ¡Imposible! 

maria. —Pero, ¿por qué? 

edüvigis. — ¡Porque Palomo está casado! 

maria. —¿Qué dice usted? 

filomena — ¿Que e« casado? r 

edüvigis. — Completamente. 

maria. — ¡Ay, Eduvigia, hable usted; aclare, aclare eias par 
labras! 

edüvigis. — Me hago cargo de lo fuerte de la noticia; es muy 
sensible, muy terrible; pero e» verdad. Vamo» Ma- 
riquita, olvida; no te excite» y, «obre todo, que no 
lo »epa don Ledo, porque habría tragedia. 

María. — ¡Qué desgraciada nací! ¡Yo que me había enamorado 



__$a — 



como usa cor»» de «se liviano, de esa pajarraco!,.* 
fií^Mena— Yo voy a ver si encuentro a tu padre. ¡Por Dio* 3 

que no lo aepa! ¡Que no lo seo»! (Váse foroj 
eruvigis. — Yo 1n eeomoañaré. ¡Sañir...! (Váse foro.) 
kamon. — (Sale del cuarto núm. ñ.) ¡Sil»! No se ií debo ha- 
blarla. ¿Está llorando? ¿Eatará el padre por ahí?) 



MARÍA. 



RAMÓN. — 



MARTA. 

BAMÓN 

MARÍA 

RAMÓN 

MARÍA. 

RAMÓN; 

MARÍA. 

RAMÓN. 



PLUM 



PEPITO. 



PLUM. 

PEPITO. 
PLUM. 



¡María! ¡M^ría! 



Es 



¿Quién ei? ¡Ah! ¿Es asted? ¡Qaífce>e íe mi vista! ¡ 

a«ted el más bajo de loa hombres! 

(Pues estamos a buena altura. ¿Se habrá vuelto 

loca?) 

—¡No té cómo tiene usted valor para presentarse de 
ínnte di mí después de lo que ma ha hecho! 

— Tranquilícese, Estoy dispuesto a todo. 

—¿Dispuesto a qué? ¡Ay, que hombre más pillo! 

— -Qtse yo soy... 

—Un pillo. Hoy mismo se batirá con mí padra. 

—Pero... 

— ¡Basarme, estando casado! ¡¡¡Qaé horror!!! (Tase 
cuarto núm. 3.) 

—¿Casado? ¿Yo, casado? Decididamente: está mujer 
eetá loca. Pues, señor, sí que la aventurita es de 
primera. Ahora mismo tengo la camisa a media le- 
guu de mi cuerpo. Nada; está visto qua no puedo 
salir de mi cuarto. Cualquiera me saca ahora de mis 
casillas. (Tase al cuarto núm' 6.) « 

— (Sale por el foro.) h& bromita que me , ha gastado 
ese Alkaohofakuff, es de las tremendas; ese tío me 

. sigue como un madgiar. ¡Y qaé mala pata tiene ese 
criminal! Gracia sa que he conseguido despistarle 
después de haber corrido lo menos cuatro kilóme- 
tros. Y que el tío **» vé que es un gían corredor. 
¡Cómo apretaba! ¿Y dónde estará ahora?... 

— (Sale por el foro.) ¡Hola, Miater Pium! Qué escon- 
dido anda usted desde ayer; y yo buscándole por to« 
das partes. 

— Yá usted sabe que para mi trabajo, la soledad me 
es necesaria a todas horas. 

—¿Tí el Príncipe? 

— Pues no jo sé; a buen seguro que estará desean* 
sando. 



40 *, 



PEPITO. —¿Y * anaiqaiit»? 

plum. — Por ahí anda; ya verá usted :jt¡é pronto cae en mía 
mano*. Eata mañana te he llevado corriendo lo me- 
nea doa hora*. ¡Qué manera dé correr! Parece un 
gamo. Yo creí que me alcanzaba. 

pepito. — ¿Qué le alcanzaba? 

plum — Eso, que le alcanzaba. 

pepito. —Bien, hombre, bien. ¿Quiere usted que tomamos 
algo? 

plum. — No, después. Vayase que yo no tardaré en reunirme 
con uated. 

pepito —(Sí yo pudieiejhacer la aprehensión antea que eata.) 
A aua órdenea, Mister Plum. (lase foro.) 

plum. — Adiós, Jopo. 

príncipe —(Sale del cuarto núm. 4) Amigo Plum; perdona ai 
antea cubrí mí existencia con la tpya; pero ya Ba- 
bea que mi vida ea real y puede coatarme caro un 
encuentro con ese criminal. 

plum. — Estáis perdonado, Príncipe. Lo único que liento aa 
el susto, que me habéia dado. 

príncipe —Ptro... ¿te has asustado? 

plüm. — Olaro; ¿no veía que ea he viato a doa dedoa del pan- 
teón? Baa ya podéis estar tranquilo; estando yo a su 
lado, nada hay que temer. 

príncipe —Es cuando mi espíritu alcanza más grados de so- 
siego. 

plum. —¿No veis alteza que ahora todo el peligro lo corro 

yo?.» 

príncipe. — Ha tenido gracia ¡a cosa, ¿verdad? 

plum. —Mucha gracia. Oomo que todavía me pareoe estar 
corriendo. 

principe. —¿Corriendo? 

plum. — Riendo, riendo. (Estoy desacertado.) 

principe —¡Mira que yo no ser yo; ni tú tampoco! 

plum. —¡Si no somos nadie, Alteza! 

príncipe —Vamos, Plum; vamos a tomar el aire. Anda ven; 
anda... a paaeo. 

plum —Oomo gustéis. (Ahora sí que no te van a servir bro- 
mas.) (Yánse foro.) 

IJgoN. —Nada, no doy con éJ; pero yo le encontraré. 



EDUVIGIS. — Cálmele aater?. (Yo voy a ver cómo aígue la eupoia 
ofsndidsk) (Mutis al cuarto núm. 2.) . 

filomena —(Salé foro izquierda.) Pirro... ¿por ¿onde andas, 
hombre;? 

león — ¡Oómo! ¿Has dejado sola a la pérfida? 

filomena — Un momento, ¿nietas más tranquilo, Leoncito? 

león. — Oada hora que pata estoy mucho más terrible. 

filomena. — Pero, después de todo ia cosa no tisne toda esa 
importancia que tu le has? dado. ¿A qué eia insis- 
tencia en qua se cases? ¿Por lo del beio?... 

león. — ¡Qué beso, ni qué ósculo! ¿Tú labes lo que cuesta 
casar a una hija como la nuestra que es más tonta 
que uña mata de rábanos? Hé aqní la ocasión; mi 
actitud no es más que un martingala para que se 
enlacen; y créeme... la ocasión la pintan calva. (Se- 
cándose la calva.) 

filomena —(Mirando la calva de León.) Luego todo eso ha 
«ido una tioinaaura ¿e pelo... 

león. — ¡Oabal! Pero ahora los caso. 

filomena — ¿Oómo? (Si tú supieras que está casado.) 

león. — Arreándole oada susto a es® Palomo que lo vuelva 
loco. Ven, vamos dentro. (Mutis ambos cuarto n?3.) 

ramón. — (Sale del cuarto núm. 6.) Es verdad que no, está «íA 
horno para bollos; pero yo me ato ea ese cuarto. 
¿Le habrá paiado ya el pipmtaje a María? 

EDüviGis. —(Sale del núm. 2.) Mira, Francisca, ahí tienes a tu 
marido. 

francisca — (Dentro.) ¡Ah, pérfido! No lé si tendré paciencia 
para aguantarle sin sacark los ojos. 

eduvigis. —¿Caballero? 

ramón. —¿Señora? (De espalda al cuarto núm. 2.) 

eduvigis. — ¿Conque seas tenemos, grandísimo bribón? No fe© 
contenta usted con perforar un corazón tierno, como 
el de María, si no que también el de su mujer? Ahí 
la tiene usted; entiéndase con ella. (Mutis por el 
foro.) 

francisca — (Sale del cuarto núm. 2.) ¡Toma, bandidi ! (Dé un 
golpe a Ramón.) 

ramón. — ¿Ifih? ¡Caramba! (Extrañado.) 

francisca. — 'Jab&'krj, usted perdone; me he confundido; es 
decir, le han confundido con mi maiido. 

- • - 



ramón. — Señora, pues aséame que lo siento. (Es ana precio* 
üidad.) 

francisca —¿Le he hecho mucho daño? 

ramón. — Quisiera ser su raposo cíe buena gana. 

francisca — Para vengara®; ¿?erdad? 

ramón. — Para postar esa divinidad. ¡Qiá mano tan suave 
tiene usted! 

francisca — (Hste tío se §UeIa.) Es favor, muchas gracias., 

ramón. -^- ¡Seguramente tendrá usted motivos para abofetear 
i su marido. 

francisca —Más que motivos. Mi marido sa un truhán. (jAy, 
que ides! Ms valdré de eite hombre para encelar a 
mi marido y lograr mí mi venganza.) Caballero, le 
necesito a usted. ¡ 

RAMÓN. — (¡Redie^!) Señora, estoy a su iispoiskión. (Ramón- 
sito, aprovecha eata ocasión q-oe es de perlas.) Ou^n • 
te conmigo para cuanto le haga falta.;. Un caballe- 
ro no debe abarse... 

francisca — Acepto su ofrecimiento. 

RAMÓN. — (¡Antis, y m« acepta!) ¿Qaé teago que hacer? 

francisca —Lo primero, batirse con mi mando y a muerte. 

ramón. — Mire usted qne eso es muy fuerte. 

francisca — Mejor. Además, usted ha de pasar por mi marido. 

ramón. — Pero... nada más que pasar... 

francisca — Vamos a su cuarto. 

ramón. — ¿A mi coarte., dice? 

francisca — A su cuarto; pero espero de su caballerosidad el 
irmynr respeto, ¿*»b? 
(Eduvigis aparece por el foro.) 

ramón. — ¡Oómo, no! (Ambos mutis cuarto número 6) 

eduvigis. — Vaya, ya &e han reconciliado. ¡Oiaro! Asi es la vida. 
En cuestión ele matrimonios es peligroso ponerse 
por enmw«i(\ 

Cándido. —(Sale del 5.) (La protagonista del trompazo; vea- 
mos.) i 

eduvigis. — (El timador de ayer.) 

CÁNDDO. — Tenía muchas gañís de verla. 

eduvigis. — (Este se me vá a declarar ahora ) ¿A mí? 

Cándido. —A usted, sí señora; que se ha empeñado en no dejar 
me vivir en paz. ¿JSo ve usted que a la cara me «ale 
al córate...? 



eduvigis — (¿^*>é dice este hombre?) No entiendo... (Cerno siem- 
pre, haciendo guiños con un ojo, 

candido. — Qct* e*toy sufriendo por usted. 

eduvigis —(¿No lo dije? Declamándose.) ¿Qaé sufre usted? 

candido. — Sí le parece... Y todo por la inocencia de mirar a 
tina dama. Hay padres feroces... 

eduvigis. — (Ah, vamos. Elle se refiere al'padre de Mariquita. 
¿Ha visto listad, hombre? 

candido. — ¿Qae si lo he visto? Y sentido. De haberlo sabido, 
¿cómo era posible que yo le hubiere mirado a la 
cara ni por casualidad? 

eduvigis. —Pero, ¿se refiera usted a mí? 

candido. — A usted, sí, señora. Ademar, le ruego manifieste a 
su padre qu® yo no me puedo casar con usted; es- 
toy impedido. ,';■/' 

eduvigis. — ¿Mi padre? ¿Oasarss conmigo? ¿Usted impedido? 
Pero, ¡qué lío es este! 

Cándido. —Lo que usted no ignora. 

eduvigis. — Caballero, uvted ha perdido el juicio. (Haciendo 
guiños.) 

candido. — ¿También me va ustad » negar que me está hacían* 
<'o señas desde ayer mañana? 

eduvigis. —Usted está loco. ¡$oé hombre éste! 

candido. — ¿También me va a negar que usted me ha escrito 
*sta carta? 

eduvigis. — ¡¡Esto es insufrible!! 

candido. — Lo dicho. E« preciso que diga a su paire que yo no 
me puedo casar, teniendo que renunciar a ese amor 
descabellado. Yo lo siento mucho; me figuro la con- 
trariedad que \m proporciono, pero estoy casado... 

eduvigis.' —Caballero, es ust#d un grosero. 

candido — (Ya lo decía. Está despechada (mirándola al busto) 
y pareoe mentira.) 

eduvigis. —Necesito, le exijo una aclaración. 

candido. —Ahí va esa carta, y renuncie, renuncie a ese amor 
• imposible. (Ya tenía ganas do aclarar este lío. Me 
irá a dar un paseo, que buana falta me hace.) 

eduvigis, — ¡Es usted un imbécil] (Mutis « su cuarto nám. 2.) 

ramón. — (Sale del núm 6.) ¡Palomo, venga, venga usted aquí! 

candido — ¿Qué hay de nuevo? 

BAJfOíf. —Una no» va querrá usted decir. 



** 



3 



CÁNDIDO. 
RAMÓN. 

CÁNDIDO. 

RAMÓN. 

CANDIDO. 

RAMÓN. 

CÁNDIDO. 

RAMÓN. 

CÁNDIDO- 

RAMÓN. 

CÁNDIDO. 



LEÓN. 

FILOMENA 

MARÍA. 



LEÓN. 
FILOMENA 
LEÓN. 
MARÍA. 
LEÓN. [ 

filomena - 
León. . 



DALMAU. — 



CAMARERA 
DALMÁU. 



¿Otra, otra avocar*.? 

tf era. Pero esta en do alivian. Casaba y todo; ahí es- 
tá, en mi cuifrtp. ' 
¡Recuerno! ¿Y ei guapa? 
¡Una preciosidad q aa ciega! 
Y calada? 
on todas Im da la lay. 

—Será el marido algún primo... 

—lío lo sé; pero debe da ser de la familia. 

— ¡Qué gracia tiene esto! ¡Cuéntame! 

-Aquí no, que pneden vernos. Vamos al coarto. 

-(¡Qué tío más vivo!) Si, vamos. (Mutis ambos al nú 
mero 5.) 

(Salen don León, Filomena y María del cuarto 
núm. 3.) 

-Basta, no sigas, me pierdo. ¿Besaite un hombre ca- 
sado?... ¡Te digo que me pierdo! 

-¡Tamos, Leoncito! 

-Si, papá; quiero que mates a ese tunante," que le 
quites de enmedio, y así quedará vengado mi ho- 
nor. 

-Basta, le mataré. Ahora id al cuarto. 

-Déjanos que tomemos el aire. 

-¡Al cuarto h« dicho! 

-¡¡Qaé desg racisda nací!! 

-¿Vas a cantarme el «Dúo de la Africana>? Hala, al 
cuarto. 

-Es, al cuarto, hija. (Mutis ellas al cuarto núm. 3.) 

-No hay más remedio. Escondámosos, y en cuanto 
vea a ese Palomo... ¡pum! Le dispararé y Je saltaré 
la tapa del cráneo... por estar casado. (Mutis por el 
fon.) 

(Sale por el foro.) ¡Yaya una carrera en pelo que 
me ha dado ese P/íncipe! ¡Nada, que no le pude al- 
canzar! Pero... ¿por qué correría? Tengo una sed 
rabiosa. ¡Camarera! ¡Camarera! 
(Sale por el foro.) Señor, ¿qué desee? 
Un bock de sérvese. (Mutis la ( amarera.) Gomo 
me Hamo DalmaU Tari»* a, qu* do comprendo, 
cuando corría tras del Príncipe, unas voces que de- 
cían: «Corre Plum, ahí va Sálinau». ¡¡ Qué ferrase!! 



45 



dalmau . —(Sale la Camarera y al servirle la cerveea se id 
deja caer por la ropa.) 

camarera —¡Ay^ p« rdOBfc! 

•ALMAU — Esto mismo me sncei.ó en una fonda de Sálou. Pe- 
dí un plato de ríñones al c&martro y eité me dijo: 
¿loi quiere e! señor a la jardinera, salteados, a la 
siEér ciufc? ,. Gomo quiere, hombre, le contesté. Y 
como usted ha hecho, me sirvió, y la presipitasié 
ció motivo a qas me vertiera loe riñan»! por la ropa 

camarera -M$mcts mal si ios riñonn erais eafWdí*»... 

da» mau. — ¿Salteados? ¡A la. am*ri caá*! {Señalando la ame 
ricana.) 

camarera— ¡Já, já, já! ¿Quiere el «cñor algo mát? (Mutis por 
el foro.) 

DALMA D.. — ¡Gr8PÍ#»« ! 

pbíncipk. —(Sale por el foro con Kake.) Oj», K$ke, tal y avi- 
es* qo© m* ttatgaa Ea r«fr«»-< o de grosella; tengo 
T2»a sed que arrio-. 
(Mutis Kake foro) 

Príncipe — (Se sienta á una mesa*) Ahora ya puedo vivir 
tranqueo. Ese hombre cree qu*Plum es el Prínci- 
pe, y el Principa encantado de su habilidad. Y 
Ploro, estará pasando un miedo con Garabafia. 

dueño — (Por el foro.) (jOaremba, el Príncipe!) ¡Señor! ¡Al 

. . . ■ ; ti-B»! ¿D®se» algo su alfrpz*? 

príncipe. —Ya lo he pedido. (Mirando a Dalmau) ¡Ya está 
ahí otra vez el tembi» perseguidos!) Pero, ende- 
réavse, hombre, que m va a quebrar la columna. 
(Príncipe, estáte tranquilo, queresa hombre no oree 
que soy yo). Y usted tan amable. 

dueño. — ¡¡Oh!! ¡¡Alteza!! 

dalmau. — (¿Por qué hará tantas reverenciaste ese señor?) Oiga. 

DUEÑO. — ¡Perdone, el señor! ¿Qná desea usted? 

dalmau. — Hombre, una curie »itat. ¿Por qoé has» vostó tantas 
salemas a ese s*?ñor? 

bueno. — ¡Ah! ¡¡Porque es un Principe!! 

dai mau —¿Otro? 

bubño. —Si aquí no hay más Príncipe que ese señor. (¡Se- 
ñalándole). 

dalmau. — Pues si él mismo me dijo antes que el Príncipe era 
otro, al cual he estado siguiendo esta mañana. 



— 46 



— Explicado, sSs que el Prí&cipe viaja de incógnito y 
quizan p»^a oonltar.. Hasta luego, señor. 
(Mutis foro) 

•ALMAU. — Dalmau, te han tomado la cabellare. No importa. 
A ese (por el Príncipe) i® enca«qn*to yo él brillan - 
t« monumento. (Se dispone a levantarse.) 
(Cándido y Ramón salen del cuarto número 5, y 
se detienen en la puerta del número 6.) 

GANDIDO. — (A Mamón.) A seguir i» av#ntur«, ¿ b? Ya m« dirá 
usted... (Las dos figuras hacen como que parla 
mentan. 

•almau. — (Se dirige con el maletín hacia el Principe.) Qre- 
ei«»« a Dea qa» 1« h* jóiitecfo. Ahora v rá *a A'.tez?. 
(Saca del maletín un estuche algo grande. 

príncipe. — (¡¡Ay Dio» mío!!) 

(Don León se asoma por «l foro con el revólver 
en la mano, acechando a Gandido. Cándido se 
despide de Mamón e inicia mutis hacia el foro.) 

•almau. —Sé quién es vosté, (Enseñándole al Príncipe el es- 
tuche voluminoso.) ¡ Ahora m*ri! .. (El Prfmcipe se 
desmaya, y el refresco que estaba bebiendo se lo 
deja caer sobre la ropa o camisa, dejando vor 
al público la mancha roja de la grosella, bandi- 
do hace eí mutis y D. León le dispara el arma. 
Iodos muy oportunamente paro que el accidente 
del Príncipe coincida con la salida de Cándido y 
el disparo.) ¿Pero qué e» <"ett ? ¿Qué le pasa a esto 
hombre? {Por el Principe.) 

María- — (Dentro.) ¡¡Socorrí \E! 

filomena —(Dentrj).) ¡¡Le ha matadiü 

(Sale Plum y el dueño del Hotel.) 

PLUM. — ¡¡L« ha hecho polvo!! (Por el Príncipe.) 
(Sale Pepito y la Camarera.) , 

pepito. —¡¡Le ha muerto!! 

todos. — ¡¡El Principe muerto!! 

•almau — Agitando las manos, y en una de ellas el estuche, 
como para dejarse oir.) ¡Sañoreí! ¡¡Spñoree!! ¡¡¡No 
he sido muerto!!! 



— 47 — 

(loaos se aterran al vena Dulmmu mgifatw cot> el 

TLÜM. — «JÉM repite'!! fi¡§aé rtpi '■<&. 
Tm4r*3 §rHmn.) 



V£«L»N «*PíM 




ñCTO TERCERO 



DECORA. €ION. — Al fondo, telón marino representando una playa. 
Jffin laterales, rocas y árboles^ a gusto del director de escena. Una 
caseta de baño, cuya espalda dará al público, con una ventanite, y tm 
cortina Algunas sombrillas de playa, sillones de mimbre, eto. La «m 
déla tarde. Mucha luz en las baterías. Bn lateral derecka ¿el actor 
una cuerda y en ella colgada ropas de baño y sábanas. Al lerantame 
el telón, estarán en escena: Bañeros ' 1.° y 2.°: son dos vizeaínes ce- 
rrados. El 1.° doblará una sábana, y el 2.°, sentado a la sombra de 

una sombrilla, fumando. 

).'•■_."••,'■ 

bañero 1.° — Gandul to muestras, puea. 

bañero 2.* — Descansando que estoy; que loi que me dio eita 

mañana tm cabeza, cong^ationadome há. 
bañero 1.*— Lleva cuidado, pao», que calor que tornea langre de, 

las naricea te aaldrá. 
bañero 2.°— ¿Gomo la ropa vá? 
bañero l.*— Oaai seca ja. 
bañero 2.* — Pocos viajaros vinieron hoy. 
bañero 1.* — Bastantes tenemoa, pues, con loa llegado ya. Hat 

aqoí viene uno. 
bañero 2, e — Cierto es. Esa señora de los guiños, manía tiene 

de que olas azótenla y una hora que emplea, pues. 

Cuerpo tengo pasado por agua ya. 
bañero l. 9 — Pues, ¿y su emi guita? Miedosa es... 
bañero %f — Oleaje fuerte y mujer miedosa. 
bañero 1.* — Hombre al agua. 
bañero 2.*— Así es. 
bañero 1>— ¡Gtuernikako! Pues, ¿y la hija del coronal? Muerto 

- - T -■ 



. .™ 50 -i 

quiere hace?; padra opínese, y encárgala «so ense- 
ñe» «m la playa las pantorrilias...» Desobediente ni- 
ña «o... Cisco, SE-ñositoa obiérvanla y el muerto... 

bañero 2.° — ¿T«j lo mwgm tú? 

bañero l.V- No¡lo def© de hacer. (Pausa). 

bañero 2.°— Tarde es ya y bsñistss ao u*.a llagado aún: 

bañero 1.°— Qon tanto fe nr® do como pava 'en el hotel, de extraño 
B»*a tienp.. 

Cándido. —(Sale izquierda). (¡Qué bárbaro de tío! Cualquiera 
diría que yo había venido a tiro hecho a cuta playa. 
O o qu® m® &® necesa&io tomar una determinación 
para ¡tóvas." él peligro qus msi amenaza.) 

bañero 1 °— Señor que llega. 

bañero 2,° — R >pa que prepara». 

CÁNDIDO. — Felice!, jóvenes bañeros. 

bañero 1*— 8a!od, fe^ñ »r. (Lleva en la mano ropa de baño). 

Candido. — (¡Ay, qué i-3e*<! Gracia», D¿os mío, queme hasil^- 
nuieadí ). (Al bañero 1.°) Oy#, simpático vaico. 

bañero I o — ¿Qoé & m» «.i caballerea? Mandar puede. 

Cándido. <r-¡&k*rr k^isk •! Mira: duro qua te doy, favor que m« 
hará». (Imitaré su lenguaje* para hacerme simpa- 
tía.) 

Bañero '1.* — ¡Duro ti! • • 

Cándido, —ü^üu pssatas son. ¡Paro guardará* sscrato! 

bañero I o — No aoltaré prenda. 

Cándido. — Sí, luéltala. ¡Dáms tu ropa, la necesite! 

bañero 2.° —Quedarte en paño* menores, falta grave es, leñor. 

Cándido. — Pues dams un traja de cuerpo entero. JTavor que 
yo quiero. 

bañero 1.°— Ropa que le daré. 

'Cándido. — N» essito diifrazarme de bañero por una! hora», 
NVptuno del siglo xx. 

bañero 2.°— (Lío que me huele). 

Bañero 1.°— (Aventuras que éate tiene). 

Cándido — Ooáque vtnga el traje, que tarde se me hace. 

bañero 1 °— Vamonos, pues. (Vánse Bañero I o y Cándido per 
lá derecha). 

bañero 2 ° — Como si lo viéralo: este señorito tiene algún amo- 
rí< ; habrá impedimenta. ¿Disfrázale de bañero? 
Tratará de pelar pava a plena mar, burlando vigi- 
lancia de familia. Bl hace bien; ella hace mal; aun- 



- 51 



que el agua as uaa garantí*. Paro, ¿qaiéa pueda 
evitar nn golpe de mar? Aqoí está ai .golpe»; *«« ai 
el momento mái peligroso. Ola que-envu^lv*, sé* 
volco ues que produce, impresión que can»». \Qué 
mando este! Y yo siempre lo he dicho: «a'ñ* que 
si* mar>...,se laazs en pos de 'aventura*, ¡gaeraí- 
k- k !. .,«• qoe ti*»» las ganas? h« j chs*. 

bañero 1-° — (Sale-) Ya el señorito, pues, áiifrfizáifdosé está. ¡Na 
se »»be vestir! 

bañero 2 °— ¡S» natural! Acostumbrado ál a ropa» de chaquet 
■ srookin y de frac, ¡%y! nuestra ropa, pues, ancho 
qnm ¿s vendrá. 

bañero 1.°— ¿Por qué dir/a el qu@f eS taraje es colados? 

bañero 2.°— ¿Le diste el viejo aquel? 

BAÑERO 1.° _8í. 

bañero 2.° — May pasado qae está y puede hasta morir de un 
fuerte aire coleto... 

BAñeroI .° — Ahí «a!*». jPobrc I él sí vl^ne un. huracán! 

Cándido. —(Sale por la derecha vestido de bañero y con som- 
brero de paja de grandes alas.) ]Vay*¡, ya estoy 
fregoliz&^o! Y ¡3u-¿o qu* m« estará' bascando esa 
hipopótamo. '• * í 

bañero 2.° — Servido el tenor, no&otrcs nes vamos, pues. 

Cándido. — Pu*s i9 coa Dies. 

bañero 2. 8 — ttíizondo, a la barraca. 

BAñeso 1.®— Ahí se queda... 

cánddo. — ¡D* verano! (Vánse- bañeros por l i derecha.) 

león — (Sale D. León por la izquierda precipitada* 
mente.) ¡BsñVre! ¡Bañt.roL 

Cánddo. — (¡Ostay, D. León! Palomo, baja ei ais) (La del som> 
brero.) Señor, ¿qné quiere? 

león. • -r¿H»s visto atravesar por aquí a un hombre joveje, 
gallardo, calavera, con traje a la última modfc? L á- 
mas® Palomo. ¿No ha pasado corriendo? 

Cándido -^¿Palomo, <corriendc?... jS.o ka pelaba, s^ñor! " 

LEÓN. — Lu*gjo, ¿asted 1® eonoe*? 

Cándido — ¿Qassi le conozc*?... ¡Un rato largo! 

león. — ¿Y hacia dónde iba? 

candido. — >¿Qae hacia dóa4e?.„ Salió por allí:. marchó por allá; 
echó pá adelante; después pa atrás», ¡y se esfu- 
mó!... 



_ 52 — 

león. — ¿Nada más,? 

Cándido/ — Ab, a/j iba diciendo: ¡ese. canalla! ¡Ese bárbaro! 

¡Criminal! Y ae esfumó... 
león. — ¿Oon que canalla, eh? ¡ Ay, si lo encuentro! 
cándid o . — Lo creo difícil. 
león. — Luego usted asegura... 

gandido. — Qae corría, gue corría mucho. ¡Bebía... loe viento»! 
león — Graoiae muchacho... Toma, convídate. (Vasedert- 

cha.) 
candido. — Palomo, sube el ala. 
dalmau. — (@on un maletín sale por la izquierda.) ¿Un dónde 

me he metido ye? ¿Qué aera todo eso? (Vase dere- 
cha-) 

(Por la izquierda sale Plum y Pepito.) 
PLUM. — Por allá va. 
pepito. — Eae hombre quiere sacaparse. 
candido. —(¿Será por mi? Palomo, bajar el ala.) 
baimau. — Paro no ha de conseguirlo. 
Cándido. —(Pero ai no ea por mi. Palomo, arriba el ala.) 
pepito. — ¡Vamos, vamos a detener a eie hombre! 
Cándido. —(Yo no eatoy tranquilo. ¡Paloma, ahueca el ala!) 

{Vase p&r la derecha 1.° término) 
»almau. — Llamamos a aquelioa bañeroa. ¡Eh, vengan, hagan 

el favor! 

(Salen por ladereeha los bañeros 1.° y 2.°.) 
bañero I- :— -A nosotros ei? 
plüm. — A Vds. sí. ¿Han viato Vds. correr a un hombre con 

un maletín en la mano? 
bañero 2.° — ¿Ladrón podrá sai? 
pepito. — ¡Un aaeaino! 
bañero 1 * — Por allí que corre. ¡Guerník&ko! Y alcance dáñele 

puede. 
blum. — Ale, de detenerlo ae trata! Leí daremos unos duros 

de propina. Ahí van esos cinco. 
bañero 1.° — Ah, aefior, agradecidos que les quedamos/ 
plum. — Acosar a aquel hombre, y cuando esté a vuestro 

alcance, sin compasión, le atizáis una paliza con 

vistas a los chichones y me lo traéis aquí, vivo a 

muerto. 
bañero 2.° — EUzondo, puños prepara. 
bañero 1.* — Preparados los tengo. 



« 53 — 

plum. — Con que, manos a la obra. 

bañero 1.* — Descuid»; que eie mortal, descoyuntado vendrá 
aquí. (Vansepor la derecha.) v, 

FLUM. — Ahora ligamos nosotros a eios bañeros. 

pepito. — Bien pan sado. (Se van por la derecha.) 

(Salen por la izquierda Príncipe y Kake.) 

príncipe. — ¡Ah, Kake d© mi vida, me creí muwrto! ¡Vaya un 
justo que me lia dado ese tío! 

kake. —-¡Yo os supute degollada! 

príncipe. — Y todo por haberte hecho caso. Si yo me hubiera 
ido & Alhema, estaría a estas horas más gordo; y 
y eso qtie las yemas no las abandono. 

kake. —Hubiera sido lo mismo. Esi hombre os persigue. 
Además, t* muy burro y no caja, 

pbíncipe. — ¡Pero tira! Yo no he pasado nunca tanto miedo. De 
todos los atentados jamás he sufrido como ahora, y 
eso que los he tenido de prueba. ¿Recuerdas aquel 
de Birlandf a? ¡Oh, que espantoso fué! 

kake. —No recuerdo, señor. 

príncipe. — AL! Es verdad; entonóos no estabas conmigo; esta- 
bas con Ja Princesa, mi hermana. Pues iba yo de 
paseo con varios amigos, entre ellos el gallardo ofi- 
cial Abgkuff, entonces húsar de la guardia de Pala- 
cio; mi médico de cabecera y el veterinario de la 
caía. Todo era alegría: cantaba yo, cantaban los 
amigos, cantaba el húsar de la guardia, hasta que 
llegamos al paraje de Ltntejaber, De ¡súbito, salido 
de una trampa, se me apareció un tigre, que fiera- 
mente trató* de acometerme. Guando estaba muy 
cerca, los ojos del animal centelleaban, fulguraban, 
y pronto pude apreciar que aquel tigre ara de Ben- 
gala. ¡Ilumíname, Santo DioJ— me dije-— y viendo 
un olivo, próximo a mí, j&y, Kake!... 

kake. —¿Qué hicisteis? 

príncipe. — Tomé el olivo, trepó por él, y andándome por las 
ramas estuve hasta que el húsar, de un certero go- 
lletazo, malhirió a aquella selvática fiera, ienaada 
contra mi por un malvado nihilista, como pude 
averiguar más tarde. 
kake. —¿Y en qué estado quedasteis en el olive? 
prínc pe. — Gomo comprenderás, ja gran altura! 



— *4 — , 

kakb — Sí que loó horrible. 

pbíwcipe —¿Has hecho, K*k«, mi encargo? 

kake. — Alteza, quedó cumplido. 

príncipe. -r-Puon Yernos a bañarnos, que después del susto. Ka- 
ka, ei lo más natural. ( Vánse por la derecha.) 
(Balen María, Filomena y Eduvigis.) 

eduyigis. — Tranquilidad. Afortunadamente no ha habido sangre, 

MARÍA. —Pues si d* cían que todo el traje lo tenia empapado... 

eduvigis. — P'ro de grosella* de un refresco que tomaba cuando 
' ocurrid el escándalo. 

maria — Sí; pero papá no ha vuelto todavía, y él salió con 
muy malas intenciones. T nosotras oímos el dispa< 
ro, no cabe duda. ¡Palomo ha sido muerto de un tiro! 

filomena — Hija, todavía no sabemos... 

eduvigis. —Yo creo que hay que tener calma y olvidar... 

María — ¿Olvidar? ffiso es imposible! Si mí corazón enamo- 
rado no late... 

filomena — (¡Qué lata!) 

maria — ¡Más que por mi Palomo! ¡Qué contrariedad el que 
*sté casado! 

eduvigis. —Opino que después de tantos sustos, carreras y sobre* 
saltos lo más acertado será refrescarnos en el agua. 

filomena — Eduvigis tiene razón. 

maria. —No, yo quiero dar caza a papá; quiero saber qué 
» ha pasado. Yamos. 

filomena— ¡Pues vamos, hija! ¿Usted se queda? 

eduvigis — Ma quedo, sí, señora, y que no sea nada lo del tiro. 

filomena —¡Ojalá, Eduvigis, ojalá, ya veremos! ( Tánse María 
y Filomena por la derecha.) 

eduvigis. — Bueno;. a v*r si yo puedo v^vír un poco en paz. 

rosita. — [Sale por ¡a izquierda.) ¿Qué, estamos tranquilas? 

eduvigis. —Me parece que aí, Rosita. 

rosita —¿Y esa familia tan desgraciada? 

eduvigis —Por ahí despavoridas corriendo tras del padre y 
del Palomo ese. 

rosita. — ¿Pues sabes lo que digo? Que a mí no me potrean 
más. Y©'his venido a pasar una temporada varante* 
ge, tranquila, pláoids; pero no a una sesión cinema- 
tográfica con sus carreras y todo. ¡Si esto es vivir 
<?n un tobogán! , 

eduvigis, — Tisúes razón, hija, tienes razón. 



— *5 



¡Vaya! Lo que es a mi, y» le digo, no me potrean, 
porque me importan bien poco esos amorea de Ma- 
ría y Palomo, la bomba de! Príncipe y tpdo lo de- 
mái. Y el primero que venga eon nna huíti cues- 
tión le vu&lvo la eipalda. 

-Estoy de acuerdo contigo. Yo también le rol va* 
ré la «spalda. 

Pues bueno. ¿Qaó nos importa a nosotras que Pa- 
lomo esté casado o soltero? 

-Tienes pero qne machísima razón. Mire, por ahí 
vienen Francisca y el marido, protagonistas de esos 
amores. Les volveremos la espalda. 
-Bien pensado; se la volveremos. fTánse derecha.) 
(Por izquierda salen Francisca y Ramón.) 
-Bueno; señora mía. ¿No dice usted que es mi mu» 
jet? Púa** su marido le pide un abrazo peque?ito, 
iev*5... 

-Usted uo es más que un buen amigo mío que ga- 
lantemente' se presta a dar un escarmiento a mi 
marido, a quien por cierto no logro ver por ningu- 
na parte. 

-Pero, ¿por qué no me quiere decir quién es &u ma- 
rido? 

(Sí, está fresco; para que sea su amigo y le preven- 
ga) Porque no hace al caso. 

■Gomo usted guste; pero, la verdad, que es un papa- 
uto el que estoy haciendo que no me conviene mu- 
cho representar. 

-Usted dirá lo que quiera. Mas como todos dicen ya 
que ss usted mi marido, pues un buen esposo debe 
obedecer y callar. 

-(Poro señor, ¿qué lío habrá en todo esto? Y segura- 
mente Mariquita debe «saber algo por las palabras 
que me dijo antes). Señora, pues obedezco. 
-¿Es este el sitio del baño? 
-Sí, señora. 

-Corriente. Me meteré en esta caseta y por e! venta- 
nillo observaré. Usted hará el favor de quedarse 
aquí, y persona gue se acerque, me llama usted la 
atención. 
ramón. — Aií ¡o haré. Pero observe que hace aquí un sol de 



HOSITA. — - 

EDUVIGIS. - 
BOSITA. - 
EDUVIGIS. - 

BOSITA. 
RAMÓN. - 

FRANCISCA - 

BAMOU. 

FRANCISCA - 
RAMÓN. «■ 

FRANCISCA 

RAMÓN. - 



FRANCISCA - 
RAMÓN. 

FRANCISCA- 



e6 — 



FRANCISCA 
RAMÓN. 
FRANCISCA 
RAMÓN. - 
FRANCISCA- 
RAMÓN. , .- 
FRANCISCA 
BAMON. 

FRANCISCA 
RAMÓN. - 
CANDIDO. 



RAMÓN. 
CÁNDIDO. 



RAMÓN. . 
GANDIDO. 
RAMÓN. 

FRANCISCA. 

RAMÓN.. 
CÁNDIDO. 
RAMÓN- 
CÁNDIDO. 

RAMÓN. 

CÁNDIDO. 

RAMÓN. 

CÁNDIDO. 

RAMO*. 

CÁNDIDO. 



justicia. Qae voy a estar expuesto a un recalenta- 

miento cerebral. 
— Pa¿s al agua, pato*. («Se mete en la caseta.) 
—Yo aquí me fando con e«te sol. 
—¿Viene alguiea? 
-Todo aatá en calma. 

-Ahora parece qae corre un poco de brisa. 
-Sí, hay brises compasivas. ¡Gente a la vista! 
—¿Hombre o mujer? 
—No lo pnsdo precisar. Hasta ahora solo se ve a un 

sombrero andando. 
— Déjtse de bromas y observe. 
--(Y me manda como si faera su marido de veras.) 
— (Sale por la derecha.) Con este pavero y este tra- 

jeoillo estoy más fresco qae un mantecadito a la vai- 

nula. ¡Te chinchas, don Leo o, no me conoces! ¡Baola! 

Peregíl puesto »1 so), como los higos. A este si 

puado darme a conocer. 

(Francisca llama la atencién a Ramón por la 

figura del bañero.) 

— [Es un bañero! No hay que preocuparse. 

-(Y que me toma por un bañero de verdad. Voy a 

gastarle nna broma.) («Se aproeUma a Ramón y le 

dá un golpe ) 
-Oiga usted estúpido, ¿qué confianzas son estas? 
—¿Paro no me conoce usted? 
-¡Demonio! ¡El amigo Cándido Palomo! 
—(¡Mi maride! ¡Has cfcído, Oandidito! Este es el mo« 

m@nto de mi venganza.) • 
—¿Pero cómo usted así? 
— Ya ve usted, combinaciones... 
—¿Alguna otra aventurita como la mía? 
— Olaro. Me he puesto este traje de bañero para poder 

ver, oir, oler, gastar y tocar... 
—Muy ingenioso. 

— ¿Verdad que sí? ¿Y la oasadite? 
— (Clon misterio.) Ahí la tengo. 
—¿En la caseta? 

—Sí, querido Palomo. 

— Oonvajiga usted conmigo en que hay cada marido 
que por lo voluntarios merecían un distintivo. 



_ '57 — 



.Y es lo que yo digo: pero ¿»* que do le» dolerá la 
o«beza? Loa hay predestinado», 

RAMÓN. — Ya ve usted. 

candido. — ¿Y qué hace ahí, tan metí dita? 

ramón. —(¿Qué Je digo yo a éste?) Leyendo, 

Cándido- — ¡Rocambola! ¿Y cuándo hacen ustedes eia excursión 
por ferrocarril? 

ramón. — Ya he tomado loa bíllet?»; pero de ida y vuelta, 

francisca. — (¡Qué aorpreía te vaa a llevar!) 

CÁNDIDO. — ¿Y no puede verae a esa monada que tiene uited 
escondida? 

ramón. — Oaray, Gandido, no ata ueted curioso. 

candido. — Ni usted celoso. Mire con qué facilidad puedo verla: 
como soy un bañero, impunemente puedo abrir la 
puerta, simulando que busco algo, ¿comprende? 
La veo y aai podrá darla mt jar la enhorabuena. 

ramón. — Hombre, no eatá mal. Aceptado. Ya, ya verá usted 
que encanto de mujer. Se va usted a quedar estu- 
pefacto. 

Cándido. —Beto va*a tener mucha gracia. (Se dirige hacia el 
interior.de la caseta.) {¡Mi maj** !! 

francisca — Sí, tu mujer. (Vienen al centro de la escena ) 

ramón. — (¡Oielos! ¡Su mujei! ¡Yo escapo!) (Sale de estampía 
por la izquierda.) 

candido. — ¡Ah! ¡Bnbonazo! En cuanto que le pille le voy a 
ponar a usted verde, ¡Per* gil! 

francisca— ¿Te extraña "verme, verdad? Luego dicen que los 
presentimientos! Pues »q.uí los tienes, bien damos* 
tradoa por tua miamos labios. Y en cambio allá es- 
taba tu pobre mujer, en el campo, mientras tú, 
adúltero, pegándomela por aquí y por duplicado, 
por catea playas. Esto no se quedará así! ¡El divor- 
cia! ¡Mal hombre! 

candido. — Mira, yo te explicaré; pero *s preciso que tu tam- 
bién me expliques... por qué esta mañana has esta- 
do metida en el cuarto de ese sinvergüenza. 

francisca — Quien no tiene coco, no tiene miedo. Esta mañana 
vine a buscarte; me encontré con una antigua ami- 
ga mía que está en el hotel, a la que pregunté por 
tí, contestándome, así, de sopetón, que tú eras un 
sinvergüenza; que te divertías constantemente ha- 

. - » - 



— . 58 — 

cundo el amor y otras c >sas a todaí; y yo, para 

darte celos, inventé «ata aventare. 
candido. — ¿Y nada mái? 
francisca — Te joro que nada máa. 
candido. — Basta, Franciiqaita de mi alma. Ta perdono el mal 

penaamiento. 
francisca — ¿Peto qué ea eao de te perdono, te perdono? ¡Si la 

que tiene que perdornar aoy yo! 
candido — Cnanto te han contado, el mentira. 
francisca —¿Y lo que yo he oidr? ¿Lo que haa referido a tu 

amjgo? 

candido — Ese majadero no ea amigo mío 

francisca —Bueno, lo que aea. ¿Pero qué quieres decir ese traje 
de'Jbafitro? 

candido — (¡Ea verdad!) 

francisca — Vamos, di, conteata. 

candido —Te diré... yo he mentido. 

francisca— ¿Oómo? Y te atrevea a... 

candido — Lo que oyes. Yo, desde que llegué aquí, estoy en 
un sobresalto continúo. Y sin aaber por qué. Figu - 
cate que hay un señor que ain decir puño va, me 
arreó ua* bofetada, que soné más que la palmada 
de un jefe de ©laque, y mira, con la categoría de 
cardenal Pero el insaciable bárbaro me persigue 
con un revólver, y donde quiere que le presente el 
blanco, me lo va a poner negro. H * aquí el bmilis 
del diucas • 

francisca — Pero e*o tendrá su explicación; será por algo. 

Candido — Sí, por una jamona. Guando llegué aquí, tropecé con 
una aefiora metida en carnes, algo amortadelada, 
que sin saber por qué empezó a hacerme señas. Y j 
no la hice caso, y sin duda, despechada, ha puesto al 
padre en el disparadero... Ah, mire, por allí viene. 
¡Esa es! 

francisca ~¿Qnf\? ¿Eduvígis Gutiérrez, mi amiga? Lo primero 
que va* a hacer es quitarte asa ropa que yo aquí te 
aguardo. 
CÁNDIDO — Bueno, ¿p*ro está todo aclarado? 

francisca — ¿Me has dicho la verdad? 
Cándido.. — La verdad desnude. 



' .; —.59 -' 

FRANCISCA —PueS « demudarte, boom, y d»mo un «brazo, que te 
pardos o. 

candido. — Gracia» a Dios que vay a descansar de eitaa emo- 
cione*. (Vásépnr la derecha, primer término.) 

eduvigus. — (Sale por la derecha.) (¡Caramba, Francisca abra- 
zándose, oon otro que no ea aq marido! jQaé tendrá 
eitt pala!) 

francisca— (¡Ahora ?eráa, vieja insípida!) 

eduvigis. —Hola, buena amiga. ¿Oómo ha» quedado oon tu ma- 
rido? Me pareció que ya os hablai arreglado. 

francisca— Si; ya noi hemoi arreglado. 

eduvigis. -Me alegro mucho. Pero ei gue los hombrea cambian 
de parecer como de traje lai cupletistas y... 

Francisca— ¡Parece mentira que tengai oie deicaro! 

eduvigis. ¿Descarada yo? 

francisca— Más que descarada. 

eduvigis —¿Has perdido el juicio, Francisca? 

francisca— Oon que el juicio ¿oh? Ignoraba yo que te dedica* 
ses a enamorar a loa .hombre* casados. ¿Oraos que 
no lo sé? 

eduvigis. —Pero, ¿qué dice»? 

francisca — Lo sé todo; no disimules. Por haberte declarado a 
mi matizo, le has metido en un lío trágico, cuando 
el pobre ea inocente de todo lo que tú mismo me ha» 
contado. Y eso no lo hacen las mujeres incorrupta», 

eduvigis. —Pero, Frasquita, ¿qué dices? 

francisca— No me hables; déjame en paz y hemos acabado 
para siempre. ¡Fíese usted de las buenas amiga»! 
Olaro, como a© te ha pasado ya la edad, no es ex- 
traño que intentes atrapar a algún incauto. 
eduvigis. — ¡Ay, Francisca! Tú estás padeciendo un error. ¡Mira 

que yo soy inocente; lo juro! 
francisca — ¿Inocente? Vergüenza es lo. que te da. 
eduvigis. —Francisca, como me sigas insultando, te voy a decir 

las cuatro verdades del bazquero. 
francisca— Hemos terminado. Jamás te volveré a dirigir la pa- 
labra, ¡vieja chocha! ¡Esperpento ñácidc! ¡Timadora! 
eduvigis —Yo te aseguro que todo eso me lo pruebas o me iré 

a los tribunales. 
francisca— Vayase usted a... p»»eo. (Váse derecha) 
eduvigis — ¿P«*o qué será tst» lío? 



_ 60 — 



ramón. — (Sale por la izquierda.) ¡Qnó mando estt! Quién 
había de pian lar que si» tontería de mojar el la 
himbra de Palomo. Ay» Ramón, abre el ojo que te 
van a dar una de mamporros con vistas a la Santa 
Sede, que váf a tener cardenales para rato. Por aho- 
ra ion doi los compromisos, y en cnanto que él le 
entere que yo he intentado y tentado... 

eduvigis. —(¡Hombre, su marido!) Sabía que era usted un liber- 
tino, uaa rasla cabez»; pero no tanto. Por un pelo... 
no nos hemos agarrado del moño su mujer y yo, 
¡rebribonazo! 

ramón. —(¿Otro lío?) Bueno, y ¿a mí qué? 

eduvigis —Ab, ¿pero le tiene »m cuiüado? 

ramón. — Completamente, stñora. 

eduvigis — ¿Y tampoco le importa el que su mujer, esa amiga 
ingrata, se haya abrazado con otro hombre que no 
era usted, hace un momento f Y eso lo he visto yo 
aquí mismo. 

rámon. — Paes que íes haga muy buen provecho. 

eduvigis. — (Los hay que hielan.) Hombre de Dios, veo que an- 
da usted mal de la cabeza... 

ramón. —Mire, no admito líos. (A mí lo que me interesa el 
saber en dónde estera don León.) 

eduvigis. — Está usted pidien io a voces una Verónica, pare en- 
comendarse. 

ramón. — Ea, beso a usted los pies. ( Váse por la derecha.) 

eduvigis. — ¡Oh, Eduvigis! ¡Vaya un veraniiu! (Váse por laii- 
quierda.) 

dalmau. —(Sale por la derecha.) Si hubiera sabido que yo, 
d&epuóí de v«inte años d« corredor, había de pasar 
estas fatiga» con i ando peu ttntpeu, tras un cliente 
sin conseguir res, a cualquier hora vengo yo aquí. 
¡Reden! Porque «s la veritat que yo soy corredor de 
alhajas, pero no galgo. Ea, descansaremos un poquet 
mientras tanto se descubre «ate lio. 

león. — (Sale por la derecha.) N«d»; no putdo dar con eje 
baboso de Palomo ni con prismáticos. Ya Je veré, y 
cuando le eche mil niñas encima, me pierdo; ¡«egu- 
ramente me pierdo! ¿Hombre, aquí otra vez el terri- 
ble bombero? 



— 61 — 



BALMAU. 

LEÓN. 

BALMAU. 
LEÓN. 
BALMAU. 
LEÓN. 
DA) MAÜ- 

LEÓN 

BALMAU. 

LEO». 

BALMAU. 



XrBON. 

BALMAU. 
LEÓN. 

DAfcMAU. 

BAÑERO 1, 
BAÑERO i 
BAÑERO 1. 
BAÑERO 2. 
BAÑEROl. 

BAÑERO 2, 

BAÑERO 1 
BAÑERO 2. 
BAÑERO 1. 
BB.ÑEQ0 2, 

t BAÑERO 1 
BAÑBRO 2. 
BALMAU. 
BAÑERO 1. 



— (¡Badelcna! Este o* ai que ai verme ayar salió co- 
rriendo.) Bona eiprá, señor. 
—(Supongo qne me taluda. Demoitraré valor.) Tén- 
galas uated muy buenaa. 
-—(Que mal educados están aquí todoa! 

— ¿Uated buioa a un hombre? 

— Aixó ea la veritaty a uno que tengo anotado... 

— ¿Que le tiene anotado? 

— Sí, leñor; mas no puedo entenderme con 41, porque 

cada vez que voy a darle... 
—(Este ma dá.) Olaro... 

— ¿Gomó que claro? 

—Naturalmente. Gomo que ahí, dentro de eie male- 
tín, lleva uated coiaa de mucho cuidado... 
— Veritat. Ooiaa de mucho auidadef y ií me lia descu- 
brieran o me laa quitaran, me hablan perdido para 
siempre. 

— (Y no ae oculta en decirlo.) Puea yo busco a otro 
hombre para hacer lo mismo que uated. 

—¿Para qué? (¿Será también joyero?) 

— ¡El! ¡Ahora sí que no se me escapa! ( Váse corrien- 
do por la aereaba.) 

— Aquí tot lo mond corra ver ti£ sosamente. (Bor la 
derecha salen Bañero 1 .° y 2.°) 

.*— (Rite deb» ser, Elizondo.) 

• — (Afína bien el pulió, pues.) 

° — (Algo le diremoa antes, y así alavosos no seremos^ 

9 — (Le preguntaremos por la familia.) 

'—(Adviértate que me da mucha lástima pegar a este 
nombré que nada nos ha hecho.) 

,° — (A mí también; pero tenemoa que acreditar laa 
12' SO que nos corresponde a cada uno.) 

,•— (Mira, le daremos cuatro tortas. ¿Parécete bien?) 

,°— (Y a cómo salen?) 

•— ^¿Oada torta? Pues a 24 reales cabales..) 

,° — (Ea; menos palabras y manos a la obra, y cuando 
Je amarremos lo metemos en la caseta.) 

.'•— Caballero.,, venimos a darle a uated... una noticia... 

° — Una noticia algo fuerte... 

— (/Qué será?) Venga; yo eatoy dispueito... 

.*— (¡Oye, que está dispuesto. Afina, pues.) 



- 62 — • 

Ba*ero 2.°— Usted perdone... * 

dalmau. — ¿Pero qué ggnarífaa vr»tté»V 

bañero I o — ¡¡Doro!! (Golpeando a Dalmau.) 

dalmau, — ¡Ah, salvajes! ¡Esto es ana encerrona! (Me meten en 
la mseta y se traen el meCleMa). ¡Me han pegado! 
¡Me han robado! ¡Me;han perdido! ¡Cuidado con el 
maletín, que hay objetes delicados dentro! 

bañero 1.° — Oreo que le hemos dado una torta demás, 

bañero 2.°— Perdí la cuenta. Pero, ¿qué hacemos con el maletín 



bañero 1.°— Pues... mira, por allí vienen los paganos. 

bañbro 2.° — Entregarémosle a ellos, pues. 

(Por lo izquierda salen Plum t Pepito^ Príncipe 
y Kake). 

FLUM. — ¡Albricias! ¡Es nuebtzo, Príncipe! 

príncipe. — ¡Gracias, Dios mío! 

bañero 1.* — Ghtmplida promesa; ahí va eso. (Queriendo entre- 
gar el maletín.) 

plum — ¡No! Llevad mocho cuidado. 

dalmau. — Señores, yo les explicaré. Ante todo, lleven caída- 
3o, sí, con lo que va dentro.- 

plum — ¡Ya! ¡Ya! No te apares. 

bañero 1.°— Paes ¿qué hay aqaí? 

todos. — ¡¡¡Una bomba!!! 

dalmau. —(Pero, ¿qué dicen?) 

bañero 2.° — Al mar con él, fllizondo. 

dalmau. — ¡Por fa Virgen de Monserrat, no! Yo aclararé. Per 
Deu v no le tiren. ¡Déjenme salir y aclararé! 

príncipe — ¡No! ¡No! Qaa no salga. ¿Mi real vida peligra! 

plum — Yo creo que no dejándole ef maletín.. 

pepito, —interroguémosle. 

kake: —Es lo más acertado. 

plum. —¡Ábranle! ¡Pero no le suelten! 

bañero 1.°— ¿Oómo saldrá esta fiera? 

bañhro 2.°— Berreando. 

bañero 1.* ¡ftuernikako! ¡Afína el puño, pues! 

jdalmau. — ¡Reden! Mi maletín! 

plum. — ¡Que no lo coja! 

dalmau. —Pero, ¿por qué no he de cogerlo? 

príncipe. — ¡Este anarquista es muy tenas! 

dalmau. —¿Quién es el anarquista? ¡&¿ 



—•63 — 



IODOS. 

DALMAU. 

PLUM. 

DALMAU. 

PLUM. 
BALMAU. 



TODOS. 
PRÍNCIPE. 



DALMAU 



PLUM. 

KAKE- 
PEPITO- 
PLUM. 
CANDIDO. 



FRANCISCA 

PEPITO. 

LEÓN. 

CÁNDIDO. 
PíÍNCIPB. 
DALMAU. 
LEÓN. 



MARÍA. 



—¡¡¡Usted!!! • 

—¿Yo? jQaé voy a ser yo! 

— Entonces , ¿por qué persigue usted con tanta insis- 
tenoia al Príncipe de Gtaisanteberg? 

—Para colocarle una joya; porque yo lóy joyero, co« 
rredor de alhaja», ¿sabe? 

— (Oon razón decía yo que «ite hombre era corredor.) 

— Repreiento a la Gasa Freiquet, Ohelat y Compa- 
ñía de Barcelona, con sucursales en Tarraga, Bor- 
dee, Barceloneta, Molleruia y Palme de Mallorca. 

— ¡Acabáramos! 

—Oh, limpátioo barcelonés, mandatario de Freiquet, 
Ohelat y Compañía, ¿con que usted no me persigue 
oon ánimos mor tíU rs>s?... 

— ¡Quíá, no señor! Me dedico a la venta de alhajas, y 
aquí ¿lavo preciosos, valiosos y relucientes collares. 
Porque las propiedades de las joyea de Fresquet, 
Ohelat y Compañía por lo acabadas, ¿sabe? son las 
más privilegiadas entre sus similares por su color 
claro, relusiente, sorprendente, que las base mes 
superiores que totas las dsmás... 

— (Dei cansaremos, pues, como diría alguno de estos 
bañeros.) 

— A-diós, Melquíades. (Pov Dalmau.) 

— ¡Buena plancha nos hemos tirado. 

—Esto no tiene importancia. 

-~(8ale precipitadamente seguido de Francisea y 
trata de guarecerse con los que están en eseena.) 
¡Sálvenme uitedsi! ¡Un Hombre quiere matarme! 

—¡Si, sálvenle! ¡Pobre Cándido! 

— (¡Calle, el tío del beso!) 

—(Sale coa mi revólver y apuntando a Cándido.) 
¡Quítense, que disparo! 

—¡Sí! ¡Qué dispara! 

— Pero... ¿qué pasa ahora? ¿Es a mí? 

— ¿Todavía continúan las carreras? 

—Venga usted acáf voy a matarle a los pies de mi 
desdichada hija. 

(Salen por la derecha Mari, Filo, Mosita, 3dru~ 
vigis y Camarera.) 

— ¡Papá, «i ésta no es mi Cándido! 



— u — 

león. — ¡Qaó ha de ser tnyo, después del beso! 
maria. — ¡Ño, no; que no ei mi novio, ni el Palomo! 
candido. — Eio ei. Yo no loy su noviof ptro si que ioy Palomo. 
león. —¿Lo ven ustedes? 
maria. —¡No lo ei! 

«OBITA. ¡No! 

filomena.— ¡Claro que no! 

eduvigis. — ¡No, señor! 

Cándido. — ¡Pero leñorei...! ¿Sabré yo cómo me llamo? 

María. —Papá; este caballero ni me ha btiado ni tiene nada 
que vwr conmigo ni yo con .él. (Dirigiéndose a la 
camarera.) ¿Uited no le dio una carta al Sr. Palo- 
mo, de mi parte? 

camarera — Sí, señorita; ayer. 

cándiho — Olaro, la de loi guiñol. 

eduvigis. — ¡Y dale!... 

ramón." — (Sale por la i»quierda.) (Se conoce que todo eitá 
arreglado.) 

María. —¡Bata; este es Cándido Palomo! 

filomena— l 

eduvigis. — < ¡El! ¡El es! 

ROSITA — f 

Cándido —¿Quién? ¿Peregil, Palomo? No, leñor. 

maria. — Sí papá; éite ai quien me dio el bno eitando calado 

eduvigis —Claro; y eaa mujer es la luya. 

maria — ¡Ah, miserable! 

candido. -Hñ¡Quó ha de ler la luya, señora! Bita mujer el la mía. 

todos. —¡La suya! 

ramón, —¡Natural! Si yo eitoy soltero. 

león. —De modo que el besucón ei eite? (Por Ramón) ¡Ah, 
pillo! 

ramón. — ¡Sujetadl*! , < 

plum. — Vamos a ver, señores, que nos vamos a volver lo- 
cos. ¿Es usted Cándido Palomo? (A Cundido.) 

Cándido. — Dj arriba a bajo. 

plum —¿Y usteú? (A Mamen.) 

ramón. —Ramón Peregil de Aragón. 

plum —Pues ¿cómo la llaman a usted Palomo? 

marta. — Porque él mismo me dio iu tarjeta. Bita ei. 

ramón. —¿Yo? 

Cándido. —¿A ver? ¡Si ei la mía! 



- 65 - . 

ramón. — Gallea... callen. Ya comienzo a vislumbrar... ¡Qlarol 
(Sacando la cartera del bolsillo,) Aquí mi falta la 
tarjeta que nated me dio cuando noa conocí moa, y 
ain duda," diatraidamente, fué la que le entregué a 
la señorita de Bering». 

Candido. — ¡Oanaatoi! Amigo, podía uated haber tenido mát 
cuidado y me hubiera yo evitado eite cardenal. (Se- 
ñalándose la cara.) 

plüm. —Ya eitá todo explicado. 

Cándido. —La parte de mi culpa la tiene eia lañora, que no ha 
celado de timarle conmigo. 

eduvigis. — Oiga uited, caballero, lepa uited que padezco nm 
«tic» neryioio en loi ojoi. 

Cándido. — ¡Recórnea! Usted, perdone, lefiora; pero el que hay 
ctiquei» la mar de expreiivoi, y el de uited ea de 
loi que comprometen. 

ramón. — {María! 

María. — {Palomo, digo, Peregil! 

león. —Bueno, uatadei ai calarán, ¿eh? Dirigiéndose a Ra- 
món y a María.) 

ramón. — Oon mil amorea. Sí, lefior. 

bañero 1.° — Elizondo, vámonoi, puea. 

bañero 2.°— Bato arregldae bien. (Vánsepor la derecha.) 

Pbínoipe- — Yo apadrinaré a eatoa tórtolo». (A BalmauJ Abre 
lin miedo eie maletín, y la mei'or puliera que po» 
leai ea para la novia. 

dalmau. — (Sacando un esluche del maletín.) Bata, aeñor, ea« 
ta. Sus propiedades de luz, de valor... 

príncipe. — Galla ahora, hombre. Toma, gentil doncella* 

María. — Graciaa, padrino, graoiai. 

Cándido. — ¡fia, todo arreglado! Ahora debemoi marchar a oo- 
. mer, que con tanta carrera he adquirido un apetito 
feroz. 

bosita. —Si, ii, todoi juntoi. 

pepito. —¿Y a dónde? 

Cándido. —Puea... eae violín noa lo eatá diciendo: (Dentro ia> 
carón unos violines la camión *A la orilla de la 
mar*)\ ¡a la «billa dé la mar! 

TELÓN.